Lo siento

Por Nicolás Samper

De verdad prefiero de una vez ofrecer las disculpas respectivas. Por estos días donde cualquier cosa resulta una ofensa, es mejor anteponer el escudo y luego hablar. Es como blindarse de antemano antes de que la catarata caiga sobre la cabeza, que desde hace rato no tiene el tejado suficiente como para poderse proteger ante los diluvios.

La final Real Madrid-Liverpool distó mucho de lo que significa un juego divertido: no porque el nivel haya sido malo, porque el Liverpool de arranque ilusionó a los que no prendimos velas en ese entierro, jugando a un toque, con presión casi sobre la línea de gol que defendía Keylor Navas y con alicates en los pies de Wijnaldum y Henderson cortando las conexiones madridistas. Y después el Madrid apeló a lo que lo ha hecho invencible en un torneo que parece diseñado para ellos: la contundencia, saber aprovechar los errores rivales y no solo eso: si se puede apuntar un lujo de esos inolvidables para que la imagen permanezca eternamente en la mesita de noche, pues también, porque el gol de Gareth Bale, el primero de su cuenta personal, hizo que la memoria se fuera a tiempos lejanos para recordar aquellos grandes goles que definieron la Champions League: el de Zidane frente al Leverkusen, el de Mandžukić contra Real Madrid, aunque al final solo tuvo valor estético, el de Madjer a Jean Marie Pfaff…

Pero el entorno no daba para sonreír: la brusca caída de Salah sobre su brazo nos pintó a todos –en especial a su entrenador en Egipto, Héctor Cúper– la mueca más grande de impresión y de dolor. También de conmiseración por cuenta del drama del que para muchos ha sido el futbolista más brillante de la temporada. También el rictus fue agrio al ver a Sergio Ramos de nuevo calzándose ese disfraz de villano que tan bien le sienta, provocando la salida del hombre más desequilibrante del adversario. Hasta un duro como Ramos se le vio con la cara ida en el horizonte por el daño preterintencional que provocó.

No podía dar risa porque daba tristeza ver el alma atribulada de Karius, protagonista del blooper más absurdo en la final con el tanto de Benzema, y en el que se pudo comprobar que el mundo todavía es capaz de sentir estupor. Y el tercero del Madrid, el de Bale, que evocó a Peter Kouba y sus manos de teflón en la final de la Euro 96 contra Oliver Bierhoff. Sus lágrimas, las disculpas finales y el indulto de su gente fueron aún más conmovedores.

Había sido un muy buen partido de fútbol, pero no había cómo esgrimir una sonrisa frente a tantas contingencias. Al final alguien fue capaz de regalar una carcajada también apelando al imprevisto. Fue ese loco que entró a la cancha cuando Cristiano Ronaldo –de opaco partido– estaba listo para meter el cuarto tanto. Mazic, el árbitro, paró todo y Cristiano se quedó engatillado y haciendo pataleta –con razón– como si fuera Quico en la vecindad del Chavo.

Me dio risa ver a Cristiano, tan arrogante, tan crack, pero tan arrogante, así, envuelto en esa ira infantil por culpa de un desconocido.

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