Carlos Posada

Por Andrés Ospina

Ocurrió a finales de aquel mágico 1988, cuando los adolescentes bogotanos teníamos por fuentes obligadas de educación musical Las 20 Latinas de Olímpica Stereo y Los 20 Superéxitos de 88.9. Mi mamá estaba al volante y yo al frente del ‘pasacintas’. De súbito emanó de los altoparlantes un riff bien marcado y una voz que aconsejaba: “Toma precaución, amigo antisocial. No te dejes ver. Cuida tu identidad”. Se trataba de La causa nacional, sencillo debut de Sociedad Anónima, agrupación de rock en principio conformada por Gonzalo de Sagarminaga y un tal Carlos Posada –guitarrista, compositor y vocalista líder–, y a la fecha integrada por este último, Pedro Roda, Jorge Estrada y el hoy ‘supersociedades’, Francisco Reyes.

“No parecen colombianos” fue el mejor halago que se le ocurrió a mi acomplejada conciencia etnomusicológica, acostumbrada al audio de lata entonces omnipresente en las producciones locales. Mi comentario era sincero. En primer término porque no resultaba común por esos tiempos encontrarse en simultánea con una mezcla nacional de letras cáusticas e inteligentes y con una interpretación guitarrística de semejante brillantez. Dicha creación se trepó al primer lugar del conteo y fue sucedida con menos resonancia por una más, de los mismos intérpretes, bajo el título de Un amigo romántico. Meses después, ya por 1989, salió a las tiendas el larga duración correspondiente. El álbum de menor venta en la historia del disco, se llamaba.

A fuerza de chismes, seguí documentándome sobre Posada. Me enteré de sus talentos como ingeniero de sonido y luthier. De su música para televisión y cine y de Sociedad Anónima como una disidencia de los también legendarios Compañía Ilimitada. Supe que uno de sus tíos era Mauricio Posada, pionero del rock nacional con Los Daro Boys, y una de sus primas la colega Margarita. Incluso entendí lo que generosamente hizo por Hora Local al enseñarles la importancia del silencio. Pregúntenles y verán.

En 2004, sin que nos hubieran presentado, me lo tropecé dentro del inolvidable Crab’s Bar de la 73 con 13. Como el groupie desvergonzado que suelo ser, osé acercármele con la excusa de entrevistarlo para la radio. Él me comentó sobre sus planes de lanzar un Segundo álbum de menor venta en la historia del disco. Luego me comunicó emocionado su fanatismo por Tom Waits y su reciente actuación en la película Colombian Dream, de Felipe Aljure. De remate me invitó a su apartamento para compartirme un compendio de composiciones originales, a la fecha aún inéditas, cuya calidad el país merecería conocer. Recuerdo sus títulos: Devuélveme tu amor, La cualquiera, Ella se fue.

En adelante vi a Carlos un par de ocasiones más. La primera, hará una década, vía Skype, cuando me contó que había atravesado instancias difíciles de salud, ya superadas, y que esperaba transmitir su experiencia de sanación en un libro, publicado a los pocos meses. La última, en un bar del centro, con sus viejos compinches de banda. No hace una hora me hablaron de su partida. Sobrecogido ante los inevitables dictámenes de la muerte, que no parece saber de rock, me permitiré un instante de duelo como tributo a quien, junto a Humberto Monroy, a Elkin Ramírez y a toda una constelación de figuras dignas de mejor posteridad, reclaman con innegables méritos un sitial en nuestros oídos, tan propensos a la desmemoria. ¡Gracias, maestro!

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