Un homenaje en el Día Mundial de la Radio

A todos los que hacen radio: gracias; el feliz día es para los que los escuchamos.

Por Alejandro Pino Calad

"¡Haaaaaaaaaaga el cambio!". Cada vez que esa frase rompía la monotonía de las transmisiones radiales que todos los días escuchaba mi abuelo en su transistor negro, yo levantaba mi cabezota, entonces con pelo, sabiendo que lo que seguía era un: "Yaaaaaa lo hiceeeeeeee", tras el cual podía seguir con lo que estuviera haciendo. Aún, cuando escucho las transmisiones de ciclismo y los veteranos mantienen este grito de guerra, pienso en eso: en mi abuelo, en su radio, en la cantidad absurda de programas que escuchábamos juntos mientras leíamos, él hacía el crucigrama o yo jugaba en su estudio.

Hay algo mágico en la radio. Pertenezco a la última generación que escuchó radionovelas mientras hacía tareas ("La ley contra el hampa, otro tiro certero de Todelar", es otra frase que tengo marcada con hierro caliente en la mente, así como me genera todo tipo de problemas afectivos la voz melosa de la "Doctora corazón", que siempre respondía las cartas que le enviaban o se inventaba con un "querida amiga"), y a la primera que vio partidos de fútbol en televisión sin necesidad de poner un radio al lado, sagrada costumbre que aún conservan los mayores y que, gracias al estancamiento de muchas de nuestras transmisiones en TV y a la falta de renovación acertada en locutores y comentaristas, muchos están recuperando. Tal vez por eso siempre vuelvo a ella. Es más, nunca la he dejado.

Sin embargo, si algo me ha maravillado siempre de la radio es la posibilidad de construir universos; particularmente en la radio deportiva. Siempre que no pude ir al estadio encontraba en una transmisión que me construyera el partido: yo me imaginaba lo que me contaban, agradecía la minucia, detestaba los comentarios de alguien así como aplaudía los de otro, me sentía en el juego aunque no lo estuviera viendo, me levantaba lanzando un puño al aire de emoción con el grito de gol y me ponía las dos manos en la cabeza mientras alguien a quien sentía cercano me contaba por qué mi equipo iba perdiendo.

En el ciclismo, claro, la magía es de un nivel superior. Para dejarlo claro, este país ultramegaregionalista que estaba metido en La Violencia (sí, con mayúsculas… así de jodida fue) en los 50, reconoció al otro, ubicó pueblos, montañas y carreteras en un mapa imaginario gracias a las narraciones radiales que contaban una carrera que incluso ni siquiera estaba pasando, pues muchas veces el periodista de turno tenía que apelar a su creatividad para darle vida a una etapa aburrida. La Vuelta a Colombia (y luego el Clásico RCN) fueron las mayores clases de geografía y reconocimiento de la nación de este país por más de 30 años, y todo gracias a la radio.

Tan importante ha sido esa construcción de mundos de la radio deportiva, que lamentablemente varios narradores y comentaristas aprovecharon su micrófono para exacerbar odios regionales, como ese caso de Bucaramanga en el que un irresponsable del que prefiero no hablar invitó a los hinchas a ajusticiar al juez de turno, o los famosos episodios en Barranquilla y Medellín en los que desde una cabina se invitó a "hacer sentir" visitante como tal desatando reacciones violentas: una exageración absoluta por donde se mire, pero la muestra clara del peso que tiene ese transistor en el inconsciente colectivo.

Porque la radio es una compañera fiel, a veces la única para muchos. Por eso en los cuatro años que estuve metido en ese mundo gracias a las transmisiones de Blu Radio, sentí una responsabilidad especial y, de paso, creció mi admiración por los que llevan haciendo radio deportiva toda su vida.

"Esto es un juego de voces", me decía Javier Hernández Bonnet cada vez que quería corregir algo en el programa o en la transmisión en las que trabajamos juntos, y no se equivoca. Por eso hoy, en el Día Mundial de la Radio, quiero expresarle mi admiración a esas voces que me acompañaron desde la infancia. A muchos de ellos he tenido el placer de conocerlos, como Mejía, Cañón, Peláez, Vélez, Marden, Urrego, Rubencho Arcila o el gran Benjamín Cuello, y con varios pude tener la satisfacción de trabajar, y acá quiero destacar a Jorge Eliécer Campuzano, el gran narrador de mi adolescencia y el mejor de todos los que he podido escuchar, a quien afortunadamente pude tener en las transmisiones web del Mundial Sub20 cuando apenas nacía Golcaracol.com en 2011.

La TV no pudo acabar con la radio deportiva y la Web le dio un nuevo aire y una nueva vida. Porque la radio sigue ahí, siempre dispuesta a acompañarte, siempre presente, con apuestas en el dial que valen la pena como las de Blu con mis antiguos compañeros o las de RCN con Casale, mi hermano Nicolás Samper y compañía o, aún más valiosas por su alcance como radio pública, las de Radiónica y Radio Nacional.

A todos los que hacen radio: gracias; el feliz día es para los que los escuchamos.

Por: Alejandro Pino Calad/ @pinocalad

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