Llámame por tu nombre

Por Mauricio Barrantes

Sábado 6 de octubre de 2013. Buenos Aires. Primavera. Recuerdo las hojas de los árboles, el agradecimiento a la meditación, la tranquilidad de las miradas, el equilibrio perfecto de humedad y temperatura: mi escena más feliz. Algunas películas han explorado con honestidad la escena más feliz de sus protagonistas, esperando la identificación de quienes viven historias similares o quienes sueñan con un momento imborrable digno de utilizar en el instante antes de morir. Call Me by Your Name (Llámame por tu nombre) es una película sobre el amor, sobre el primer amor; en realidad, sobre la secuencia más memorable que puede tener la vida.

Como un director obstinado, he intentado varias veces grabar de nuevo la escena del 6 de octubre, pero ni las locaciones son las mismas ni los protagonistas ni la temperatura. Son otras emociones, es otra película. En Call Me by Your Name, que tiene algunas nominaciones a los premios Óscar, Elio y Oliver no tienen las distracciones del mundo de hoy (celulares, trancones, Netflix). Condiciones perfectas para que las emociones fluyan sin obstáculos, sin apegos distintos a querer verse y hablar. Miedos naturales por la edad aparecen en cuanto avanza la confianza, en cuanto los sonidos del piano o los diálogos sobre la vida van cortando la distancia lógica entre seres que por primera vez se encuentran.

Decidí entonces no perseguir más esa escena y vivir con un recuerdo difuso. Decidí también diseñar una locación –adecuada– para pretender a la felicidad y a unos hábitos que me permitan valorar las nuevas escenas. Eliminé la televisión y reduje el uso del celular (lo mantengo con la excusa de que Waze es necesario para sobrevivir en Bogotá y porque aparentemente para ser empleado hay que tener WhatsApp). Basada en la novela de André Aciman (2007), la película que da el título a esta columna explora el despertar sexual desde la mirada de un joven de 17 años, que tiene la inteligencia suficiente para atraer a alguien mayor que él, pero ignora las cosas de la vida y de las relaciones que solo se aprenden con la edad. Call Me by Your Name acierta en los diálogos justos, silencios precisos, miradas ruidosas y una fotografía que le aclara al espectador que se trata de una historia de amor, que además de ser profunda, es estéticamente bella.

Atrapar escenas de la vida real es un ejercicio selectivo y automático de la memoria. Atrapar escenas de la ficción se sustenta en el gusto, en los deseos y en las decisiones sobre qué ver. En tiempos donde la taquilla depende de la inversión en publicidad, del nombre de los actores o de las nominaciones a los premios de la temporada, es una suerte llegar a una película por la identificación que genere con nuestras vidas. En esos casos, no se trata solo de entretenerse por dos horas, también se logra reflexionar sobre lo propio, quizás también para escribir sobre ello. Call Me by Your Name me hizo retomar la escena más feliz de mi vida, pero también, para otros espectadores puede ser el inicio de nuevas historias.

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