Cuando fui porristo

"Hoy, cuando revivo ese capítulo de mi vida ochentera, me preguntó: ¿qué diablos hacía yo en un grupo de porras, cuando tenía que estar cultivando mi carrera como futbolista?": 'Pote' Ríos

Por Andrés ‘Pote’ Ríos

Yo fui un porristo, es más, fui un buen porristo, incluso llegué a ser el capitán de los porristos y debo confesar que en esa época fui un porristo que vistió su traje de porristo con orgullo de porristo.

Hoy, cuando revivo ese capítulo de mi vida ochentera, me preguntó: ¿qué diablos hacía yo en un grupo de porras, cuando tenía que estar cultivando mi carrera como futbolista?

Por andar de vago en la vida fui a dar a un colegio que sustentaba su proyecto educativo y, sin lugar a duda, el económico, en un grupo de porristas que se ganó un nombre en Bogotá y fue campeón nacional. Desde el primer día que uno pisaba esa magna institución educativa se respiraba el aire de porristas. Lo que sí debo reconocer es que las viejas eran demasiado bellas y el camino más fácil para poder conquistar era metiéndose de lleno en el mundo de los pompones, las pirámides y el baile.

Un día entraron a mi salón las “duras” del combo de porristas. Eran tres monas bellísimas que empezaron a ver a los posibles nuevos candidatos. Con un gesto de desdén me dijeron que a la hora del recreo me presentara en el salón de danzas. Allá estuve muy cumplido, me arreglé la greña paisa y con la frente en alto me paré ante ellas. Me sentí como Kunta Kinte en Raíces, me hicieron poner de perfil, de un lado, del otro, de espalda, me dijeron que gritara, me pusieron a bailar cualquier cosa, y, al final, me dijeron que me daban la bienvenida al grupo de porras.

¿Y qué carajos hace un hombre en un grupo de porras? Fue la primera pregunta que me invadió el cacumen. Recibir monedazos, madrazos y que lo levanten a uno los ‘biyis’ fue la escueta respuesta de un amigo. Lo curioso de este grupo de porristos es que estaba integrado por varios ‘biyis’, así que por ese lado no había problema.

Empezaron los entrenamientos y de entrada la directora del grupo nos dejó en claro que para el colegio lo más importante era el grupo de porras y retener el título ganado el año anterior. En vísperas del concurso nos sacaban al patio a entrenar desde las ocho de la mañana hasta las cinco de la tarde. ¿Y las clases, compadre? Bien, gracias, recuerden que acá lo que importa son las porras, 10 en todas las materias para los integrantes del grupo de las cheers. Punto a favor para la vaina, pero el entrenamiento era extenuante y duro, en serio que sí.

Lo curioso de los porristos es el tipo de modelos que encierra. En los Estados Unidos, “la Madre Patria” de los porristas y porristos (ya sé el chiste común), los tipos que integran estos grupos son manes de 1,90 para arriba que no se cansan de sonreír, hacen gestos de Robocop atlético y simplemente se quedaron por fuera de la selección de fútbol americano, baloncesto o lacrosse y les quedó la alternativa de las porras.

Yo fui un híbrido futbolista-porristo y mi función se centraba en cuatro aspectos:

– Bailar: era agradable, uno siempre buscaba la vieja que le gustaba y mejoraba su coordinación para las rumbas. Lo que nunca entendí era por qué teníamos que bailar con pistas de la película Grease que van a 78 revoluciones por minuto. ¡Les pongo el reto de tratar de hacer eso ahora!

– Hacer pirámides: había que sostener a las niñas. Yo era base, así que era el que sostenía a la que sostenía la que sostenía a la que estaba arriba. Era algo de tres o cuatro pisos y salía hasta bello.

– Cantar, mejor, gritar las porras: los colegios bilingües lo hacíamos en inglés, pero me tocó ver casos en donde decían: “Güi are the chiirs of los Astros de Mazatlán del Colegio Remington”. Así, sin pena, pero con ganas, se inventaban nuevos idiomas.

– Ayudar en la logística: esta parte sí les correspondía a los porristos más ñoños y nerdos. Dentro de la ñoñada de las porras son aquellos que recogen los pompones que quedan en el piso, otros agarran megáfonos de cartón y gritan como locos y, los restantes, están pendientes de atrapar a alguien que se caiga de una pirámide. Lo curioso es que eran unos flaquitos los que salvaban la caída, lo que arrojaba un saldo de heridos, dado el caso.

Los porristos tienen o no su razón de ser, como también los azafatos, los degustadores o los repartidores de volantes en patines. Sí debo reconocer que fue una actividad en la que se trabajó bastante, se pasó bueno, me dejó enseñanzas sobre el trabajo en equipo, se rumbeó sabroso, se levantaron viejas y se pasaron las materias académicas con notas de 10 sin ir a clases por meses. Pero, la verdad, lo mejor que les puedo decir a los actuales porristos y a los que aspiren serlo es que suelten el pompón, dejen de joder y mejor váyanse a jugar fútbol.

Por Andrés ‘Pote’ Ríos / @poterios

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