50/50

Recuerdo que cuando me enseñaron estadística una de las primeras lecciones tenía que ver con la probabilidad, y el ejemplo clásico usado para explicarla era lanzar una moneda, cara o sello, una probabilidad de 50/50 en el resultado siempre y cuando, claro está, no se permita la interferencia de factores externos.

Hoy quería hablar sobre el miedo a la muerte –tema que abordaré en otra oportunidad–, pero cuando estaba empezando a escribir surgió una pregunta en mi mente: ¿qué probabilidad tengo de terminar el día con vida?, ¿qué probabilidad tenemos cada uno de nosotros como individuos? Muchos pensarán que es una visión extremista, otros (particularmente los más jóvenes) tomarán la pregunta como un absurdo, ya que a menor edad tenemos, mayor es nuestra sensación de inmortalidad; y otros, tal vez un poco más analíticos o inclusive matemáticos, como un buen amigo mío, empezarán a sumar una serie de factores externos para tratar de tener un número: ambiente, estilo de vida, peso, alimentación, etc…, pero al final, sin importar edad, género, color de piel o inclusive nuestras creencias, la probabilidad que todos tenemos es la misma: 50/50.

Cuando queremos algo y no lo decimos, lo perdemos. Pasa exactamente lo mismo con la vida, ya que si todos tenemos la misma probabilidad, es totalmente irrelevante la pregunta inicial, lo realmente importante es qué hacemos con nuestro tiempo mientras tenemos el 50% ganador, el 50% que nos permite mantenernos con vida.

Permítanme contarles un breve episodio personal. Hace ya mucho tiempo, mi abuela materna, una de las personas que más marcó mi vida y para con quien mayor gratitud, respeto y amor guardo, fue ingresada a urgencias por un malestar que no parecía mayor. Luego de largas horas de exámenes, los médicos le diagnosticaron insuficiencia renal crónica terminal, y el estado era tan complicado que no le daban más que unos días de vida por el hecho de que no sabían si el tratamiento de diálisis le iba a ayudar. Fui el elegido para darle la noticia a ella, y cuando le decía esto que les estoy contando, con la mayor tranquilidad y con una leve sonrisa, me dijo: “Bueno, veamos a ver qué pasa”.

Luego de esa conversación, pasaron dos años, casi tres hasta su fallecimiento, cuando su organismo no aguantó más, y si bien fueron años acompañados de tratamiento médico, tuvo buena calidad de vida. El punto es que no hubo angustia, desesperación ni resignación; lo que hubo fue aceptación, tranquilidad y la determinación de tomar ese 50% de chance que se tenía, día tras día, y aprovecharlo.

Todos tenemos la misma probabilidad, pero lo que hacemos es lo que marca la diferencia, podemos quedarnos tirados en la cama esperando que las cosas pasen, o salir a construir las oportunidades que deseamos; podemos ver el tiempo pasar y temerle tanto a la muerte que se nos olvide vivir, tanto miedo al fracaso que se nos olvide construir, tanto miedo a sufrir que se nos olvide por completo lo que se siente ser felices.

Hay demasiados factores externos, pero la manera en que los abordamos, en la que decidimos sentirnos, es una decisión que solo nos compete a cada uno de nosotros, de la que somos dueños, por lo cual eso que viene desde afuera no debería afectarnos. Nuestro trabajo ha de ser aprovechar nuestra oportunidad, hacer nuestra parte y vivir cada día, cada instante con intensidad, como si fuese el último día, hasta que lo sea. Y tú, ¿qué vas a hacer con tu 50%?