Yo soy ese 80%

"Es asombrosa la facilidad con la que algunas personas van condenando a otros seres a vidas miserables, o peor aún, descartándolos, por simples pareceres": Andrea Padilla

Por Andrea Padilla

El 13 de septiembre, en un programa radial, una mujer que dice tener ‘el don de la comunicación telepática con los animales’, Xiomara Rodríguez, hizo una afirmación digna de la galería de exabruptos y ligerezas que acarrean consecuencias para otros. De manera irresponsable y sin ningún fundamento, fue diciendo que “el 80% de los animales de la calle no son rehabilitables”. Incluso, opinó que “eso es exactamente igual que en el humano”. Como quien dice que a las personas y a los animales que viven en las calles es mejor dejarlos allá, jodidos, porque para ellos la vida ha aniquilado cualquier oportunidad y esperanza. En otros términos, para qué gastar recursos en políticas humanitarias y animalistas o invertir esfuerzos en acciones justas y solidarias si semejante porcentaje de los ‘sin techo’, humanos y no humanos, están echados a perder. En una palabra, son ‘desechables’.

¿Qué le dirían a Xiomara los perros y gatos que integran ese 80% ‘inservible’? Tal vez con ellos no se comunica porque sus posibilidades telepáticas son altamente selectivas. Además, la falta de empatía suele bloquear cualquier posibilidad de comunicación y entendimiento. Sin ella es difícil, por no decir imposible, conectar con el sufrimiento y las necesidades de los demás.

En lo que a mi respecta, prefiero la comunicación simple que posibilita la compasión, a la de las oraciones complejas (con sujeto, verbo y predicado) que telepáticamente puedan construir las ‘mascotas con dueño’. Más bien, le creo a las miradas, vocalizaciones, expresiones faciales y actitudes corporales de los animales que me indican que allí hay seres que sienten. Con los humanos, en cambio, prefiero conversar. Le sorprendería a la ‘animal comunicator’ que muchas de las personas que han llegado a las calles anhelan, vivamente, una segunda oportunidad.

Es asombrosa la facilidad con la que algunas personas van condenando a otros seres a vidas miserables, o peor aún, descartándolos, por simples pareceres. También es peligrosa cuando se hace uso del reconocimiento –favorecido por la trivialidad de algunos medios de comunicación– para pontificar sin detenerse a pensar, ni por un instante, en el daño que pueden causar. Por ejemplo, sembrar en personas incautas la duda de si adoptar un animal rescatado o comprar uno producido por la industria ‘mascotera’. O condenar a cientos de perros y gatos a vivir en albergues y a otros tantos a permanecer en las calles por falta de lugar.

Sin embargo, creo en la bondad y en el buen criterio de la mayoría de seres humanos. No solo para saber que los animales rescatados suelen ser compañeros extraordinarios, amorosos, saludables, leales y divertidos, sino para rechazar afirmaciones necias y odiosas en tiempos de ‘gurús’ y de ‘paparruchas’, como se le dice en castellano a la ‘tontería, estupidez, cosa insustancial y desatinada’.

Una paparrucha es decir que los animales ‘de la calle’, como si a ella pertenecieran, no pueden ser ‘rehabilitados’. ¿Acaso de qué hay que rehabilitarlos? ¿Cuál es el ‘estado anterior’ al que habría que retornar a un perro o a un gato que ha sido víctima de maltrato y abandono? ¿No será más bien habilitarnos a nosotros mismos para protegerlos y respetarlos como nos corresponde en calidad de seres humanos y sujetos morales?

Kora, Tila, Samú, Tomo, Vego y James son mi familia: cuatro gatos y dos perros. A todos los adopté. Todos son ‘de la calle’. No hacen parte de ningún 80% ‘desahuciado’. Y no hay un solo día en el que no sienta su ternura y gratitud. Por eso, yo soy ese porcentaje. Que nadie quiera negarnos la posibilidad de la vida digna y el amor.

Por: Andrea Padilla Villarraga / @andreanimalidad

Candidata PhD Derecho Universidad de los Andes. Vocera en Colombia AnimaNaturalis Internacional 

 

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