Entre ganadores y perdedores

Por Andrés Ospina

Encuentro preocupante esa obsesión tan contemporánea con ser el primero. Como si derrotar a los demás y reafirmar la superioridad propia a partir del aplastamiento ajeno constituyera un imperativo vital. Como si subdividir a la humanidad entre ganadores y perdedores no entrañara cierta dosis implícita de ruindad, disfrazada del libre ejercicio de los talentos y las destrezas personales. Como si la victoria representara un requisito académico, económico y social ineludible para hacernos dignos de existir, y la derrota una instancia de qué avergonzarnos y ante cuya presencia no debería quedarnos más que llorar.

De ahí las cuantiosas ventas de libros rotulados con títulos altisonantes que invitan a ocupar la posición más prominente en el podio, a anular la acción de quienes puedan representar un obstáculo para alcanzarlo y a desdeñar a quienes no tienen por aspiración involucrarse en tal dinámica. De ahí la sobreabundancia de seminarios, talleres, y simposios dedicados a formar ‘ganadores’ (expresión tan odiosa como su antónimo). De ahí esa lucha frenética en la que muchos andan sumidos por cuenta del sistema y sus embelecos de poder y fortuna. De ahí que aún hoy existan quienes les imputen a atletas de renombre cargos por “haber perdido el Giro, la medalla de oro o el Tour”, condiscípulos odiosos que no se perdonan sacar 3 o 6 en un examen y colegas histéricos por no haber vendido tanto como el compañero de cubículo.

Habrá quienes digan, no sin alguna cuota de razón, que la competencia bien administrada fomenta el desarrollo. Que gracias a ella el mundo ha alcanzado aquellos niveles de bienestar de los que el presente se ufana. Las rivalidades enfermizas entre similares y la clasificación de quienes nos rodean en términos de ‘ganadores’ y ‘perdedores’ son doctrinas que se nos inoculan desde el kindergarten y que a lo largo de nuestra existencia siguen viéndose fomentadas. La paradoja radica en que estos antagonismos inducidos producen una vasta mayoría de los segundos y un grupo minúsculo de los primeros. Universidades, colegios y empresas se obstinan hasta lo patológico con reclutar vencedores. Suena progresista y efectivo. Pero al mirar el asunto un tanto más de cerca, este parece apuntar a la legitimación del débil como aquel a quien destruir y del fuerte como ese a quien perpetuar. Muchos lo justifican desde una interpretación simplista del darwinianismo y de su credo del “más apto”. Pero fijémonos: no es casualidad que Trump apele al adjetivo de loser como fórmula de insulto para aludir a terroristas y delincuentes, cual si no hacer parte de esa minoría de triunfadores fuese causal de descalificación.

Hacemos mal en dar continuidad a semejante manera de concebir la existencia. El entorno vivo es sistémico y por tanto exige bastante más cooperativismo y mucha menos competición. Imposible negar las cantidades implícitas de egoísmo al centrar cada uno de nuestros actos en esta. ¿No nos vendría mejor entender que nuestro único rival está en nosotros y que aquel a quien debemos en teoría superar no es otro al que vemos en el espejo? ¿No sería algo más sano estimular la superación de las taras íntimas antes que el masacramiento del semejante como vehículo para el autoengrandecimiento? ¿No resultaría más oportuno entendernos como una especie articulada, más que como un colectivo en malsana e innecesaria pugna? Hasta el otro martes.

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