La sociedad del mutuo elogio

Por Andrés ‘Pote’ Ríos

Debo empezar confesándome. Yo he caído y lo he hecho con gente que no lo merece y lo he hecho bajo el manto de la falsedad y del buscar algún beneficio o bajo el manto de alguna intención. Ahí está la falla, el por qué y no el cómo. Bueno, también el cómo es una reverenda cagada. Es la sociedad del mutuo elogio, ese espacio tan pero tan colombiano. Ese lugar, ese criadero de lagartos. Con el debido respeto por el animal, el lagarto mismo.

La sociedad se da sin estatutos escritos. Flota en el aire, se consolida en la lambonería y se pierde cuando por diferentes razones se deja de hacer o se perdió el interés, el motivo mismo de la ‘sobada de chaqueta’. Tiene toda una estrategia. Va desde la búsqueda de un favor, de un puesto, de un préstamo, o –cuando se da con más poder virulento– se aplica simplemente para decirle al sujeto que es bueno y darle a entender que no lo es y replicárselo sin que se dé cuenta. La clásica puñalada trapera. La falsedad misma.

Esta sociedad del mutuo elogio no tiene barreras en cuanto a estrato social, género o nivel cultural. Eso sí, varía de acuerdo a estas características, pero creo que se da de manera más vil y ramplona en los estratos altos. Al menos en los estratos bajos y con menos preparación cultural la cosa es más diáfana. Allí un hijueputazo sale con más sentimiento y la gente sabe a qué atenerse. Hay códigos con más ‘honor’. Entre tanto, en las zonas 5, 6 y hasta 7 y, con personas con un ‘alto’ nivel cultural, la cosa es canibalismo puro. Por ejemplo, en mi gremio (comunicadores, periodistas, escritores, columnistas) es peor que el virus del Ébola.

Como premisa de vida tengo claro que hay que desconfiar de la gente que todo el tiempo lo elogia a uno. Esos son un peligro. Además, hay algo que inevitablemente los delata y es la forma. Hay algo indescriptible en el gesto, en los ojos, en el tono, en el aura misma, en la sonrisita socarrona, es un algo difícil de ‘adjetivizar’, pero que se huele a leguas.

“Hola, cómo vas, muy bueno todo lo que haces. No dejo de leerte, excelente todo. No dejes de tenerme en cuenta para ayudarte en todo, difundir, compartir. Estamos para darnos la mano. Eres buenísimoooooo (lo dicen así, con énfasis y alargando la palabra)”.

Y sí, esas palabras también salen de gente que lo dice con sensatez y afortunadamente los hay en buenas cantidades. Pero en el mutuo elogio lagarto esas palabras son vacías. No les interesa cómo vas, no les parece bueno lo que haces, no te leen, nada es excelente para ellos salvo lo de ellos, jamás te van a tener en cuenta, no ayudan, no difunden, no comparten, no dan la mano y les pareces malísimoooo. Es así. De eso están hechos.

Pero hay una excepción a la regla. Todo lo anterior se va al traste cuando se trata de hablar de miembros de la misma sociedad del mutuo elogio. Juan solo elogia a Ricardo, Ricardo a Juan, Ricardo a Daniel, Daniel a los tres anteriores, Alberto a Pedro, Pedro a Juan y la cosa se repite. Nadie es más que solo ellos. El resto está por debajo. Incluso ‘escalafonan’ sus relaciones. De acuerdo al nivel social, cultural y hasta regional, clasifican a los ‘amigos’ en tipos de clase A, B, C y hasta X. Eso sí, cuando te necesitan para un favor o eres necesario para ellos, te zampan un par de elogios, te hacen sentir cercano, te usan y te desechan. Y sí, uno cae redondito.

Elogio va, elogio viene. Tú me elogias, yo te elogio. Llevándolo a términos futbolísticos, es hacer ‘paredes’ con los mismos para hacerles goles a los demás y beneficiar a esos mismos. Al final todo esto se resume en un asunto de egos. En la sociedad del mutuo elogio el objetivo es el ego.

Yo aprecio cuando me elogian. Poco pasa y así es mejor porque lo valoro más. Repito, todo depende de dónde viene y del cómo llega. Eso se huele. La sociedad del mutuo elogio es incorregible, ni la caída de un asteroide en la Tierra acabará con ella. Contagia, se pega y se me ha pegado. Solo queda identificarla, jugar con las mismas cartas –tristemente es así– y decirles que son inigualables y son los mejores. Al fin y al cabo la membresía a esa sociedad lagarta es inalcanzable, menos mal.

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