La casa está viva

Siempre he estado convencido de que son más fuertes las cosas que nos unen y tenemos en común que aquellas que evidentemente pueden separarnos y distanciarnos porque marcan diferencia, una de ellas es nuestra casa. Y es que sin importar en qué lugar de tu ciudad vivas, si es el barrio más popular o exclusivo, o tampoco si lees estas líneas desde un país más desarrollado que muchos, todos compartimos la misma casa, una que está viva y que además es la única que tenemos: nuestro planeta.

Sí, lo sé, a muchos les parece poco relevante, básicamente porque el lugar en donde actualmente viven no ha pasado problemas, porque cosas como huracanes o terremotos son para ellos únicamente parte de películas sobre catástrofes, ya que tal vez ni siquiera noticias ven, y que la mayor sequía que han experimentado es cuando por arreglos en la zona la empresa de acueducto suspendió por unas horas el servicio. Y digo muchos porque si fuésemos un poquito más conscientes de lo que nos rodea y de nuestro impacto, no nos comportaríamos como los idiotas que hemos sido a lo largo de la historia.

Nuestra casa está viva, el planeta nos está enviando constantes mensajes para que le prestemos un poco de atención, es mucho lo que nos ha dado, pero no tanto lo que quede aún por disfrutar, al menos no si no empezamos a cambiar cuanto antes nuestros hábitos para cuidar el planeta; basta con entender que todo aquello que hacemos o dejamos de hacer afecta no solo a quienes nos rodean, sino que también nos va a afectar a nosotros en un futuro muy corto.

No podemos seguir indiferentes ante todo aquello que aunque parezca pequeño, termina por empeorar las cosas cada vez más, como contaminar con los productos que usamos o desperdiciar recursos tan valiosos como el agua. Tampoco podemos quedarnos esperando que una tragedia natural suceda para ser solidarios con quienes lo necesitan, para ayudar a nuestros vecinos o compartir en casa con nuestros seres queridos, estando realmente conectados en torno a lo que antes se conocía como calor de hogar, y ahora suele ser imitado por el calor que produce una pantalla o un dispositivo electrónico.

Claro está, tampoco se trata de ser totalmente austeros al mejor estilo amish, sino de encontrar un equilibrio y comportarnos realmente como humanos, como una especie que puede generar empatía con todo su entorno, y no como una plaga que se abastece de lo que quiere, desperdicia cuanto puede y daña todo aquello que le fue dado para su desarrollo.

Sin importar en el lugar del mundo donde vivas, este planeta es nuestra casa, tuya, mía y de todos, y es la única que tenemos, ¿acaso te gustaría que alguien entre a tu casa, la ensucie, destruya y desocupe para dejarla hecha un desecho?… Bueno, eso es precisamente lo que nos hemos estado haciendo unos a otros.

Un poquito de consciencia nos puede ayudar a cambiar la historia y garantizar no solo algo bueno para futuras generaciones (eso suena tan lejano que precisamente por eso nadie hace nada hoy), sino para asegurarnos de que al final de nuestros días vamos a poder seguir teniendo una casa.