Pendejaditas

"Desde luego es mucho más fácil culpar a “los millenials” y acusarlos de inestables y mimados, que mirar los estímulos institucionales que llevan a que duren poco en sus empleos": Juan Camilo Dávila

Por Juan Camilo Dávila

Pareciera que ahora la labor de los jefes y las oficinas de recursos humanos se limita a repetir que el mundo está jodido por unos sujetos que no conocen de compromiso, que no toleran las dinámicas normales del mundo laboral (como el maltrato) y que son unos malcriados que, por haber sido criados en un entorno de inmediatez, creen que se las saben todas.

La retahíla en defensa de las prácticas de la redacción de La República no es muy distinta, y en general, resume las preocupaciones de una generación que no entiende por qué los trabajadores jóvenes no se comportan como los viejos, ni se relacionan con sus jefes y empresas como ellos.

No tienen en cuenta, por ejemplo, que esos trabajadores jóvenes en su gran mayoría nunca han tenido un contrato laboral, unas vacaciones o una prima; que el postgrado que les exigieron para darles el maravilloso contrato de prestación de servicios “por el que deberían estar agradecidos”, todavía se lo deben al ICETEX y que tienen que pagar mensualmente y muy cumplidos, así la cuenta de cobro la devuelvan de financiera porque le faltó una firma.

Olvidan también que esa generación que hoy les pide que aguanten el maltrato fue la misma que para preservar los márgenes de ganancia, destripó horas extras, dominicales, festivos, contratos a término indefinido y demás derechos de los que ellos gozaron.

Esas pendejaditas, a las que en alguna época les decían derechos laborales eran, en muy buena medida, lo que hacía que la generación anterior se aguantara ese tipo de comportamientos a cambio de tener “un trabajo estable”.

Desde luego es mucho más fácil culpar a “los millenials” y acusarlos de inestables y mimados, que mirar los estímulos institucionales que llevan a que duren poco en sus empleos, a que estén menos dispuestos a aguantárseles las rabietas a sus jefes o a tolerar en silencio lo que antes parecía tan normal.

En la generación de esos jefes, que hoy ven un tema generacional en lo que más parece la manifestación no estructurada de reivindicaciones laborales, le llamaban a eso echarle la culpa de la infidelidad al sofá o creer que la calentura estaba en las sábanas; pero según parece eso de ocuparse de los problemas de fondo y darles soluciones más allá de una generalización burdísima, es también una pendejadita.

Por: Juan Camilo Dávila / @elcachaco

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