Mi experimento

"Este duelo es cada vez más brutal, más doloroso. Cada vez es más difícil contener las lágrimas. Entonces comencé a preguntarme qué tanto quiero morir, o qué tanto quiero vivir. No lo sé": Virginia Mayer

Por Virginia Mayer

Estoy deprimida desde que soy niña. Tengo una sospecha sobre la razón, pero cuando consulté una hipnosis regresiva con un mentalista, me explicó que existe la posibilidad de que crea que sucedió algo que quizá es producto de mi imaginación. Entonces es posible que me quede con la duda para siempre. Sin embargo, tengo conciencia de que soy una persona con muchas bendiciones en la vida, y estoy agradecida por todo lo que tengo y todo lo que soy, pero odio el mundo. Odio la injusticia, la corrupción, la impunidad, odio los ídolos de las masas y a los líderes del planeta. Odio la que para mí es latente estupidez que ha permeado a los borregos que pululan en todas las sociedades. Por eso no me cuidaba. Para mí no vale la pena hacerlo. Para qué.

Llevaba 18 años trabada, comía como un cerdo y no hacía (aún no lo hago) ejercicio. Y a todo eso hay que sumarle el infinito y profundo dolor que me causa la ausencia de mi hermano del alma, mi amigo Juan Pablo Mazuera, que murió hace más de tres meses. No tengo rabia con él, él quería vivir. Tengo rabia, mucha rabia, por el hecho de que no volveré a verlo. Y aun no puedo comprender que se haya muerto. Con él se murió una mitad de mí y toda esa ira la volqué en Twitter y Facebook, y comencé a pelear con cuanto descerebrado me crucé escribiendo idioteces. Es que yo me creo muy inteligente. Así me enfrenté a la locutora de La X, Paulina Laponte, quien se refirió a mí como una “gorda resentida”, pero sin usar mi nombre y apellido porque le falta peso en esas teticas. Entonces me puse a su nivel y la insulté descargando todo el odio que llevo en el alma. Pero de pronto me sentí agotada, y entendí que malgastaba mi energía. Entonces paré, borré tweets tan vergonzosos como el de ella y quité Twitter y Facebook de mi celular. Hubiera querido hundirle la nariz hasta la nuca. No puedo seguir peleando.

Hace dos semanas estaba acostada tratando de dormir, pero lloraba desconsoladamente y no lo lograba. Este duelo es cada vez más brutal, más doloroso. Cada vez es más difícil contener las lágrimas. Entonces comencé a preguntarme qué tanto quiero morir, o qué tanto quiero vivir. No lo sé. Sé que si sigo como iba muy pronto el cuerpo me pasará cuenta de cobro como quizá se la pasó a mi Mazuera. Entonces decidí hacer un experimento. Decidí dejar la marihuana, los dulces, los fritos y las harinas procesadas. (Aún no tengo la voluntad de hacer ejercicio). Decidí hacer estos cambios para ver cómo me empiezo a sentir cuidándome. Y entonces sí decidir si voy a abrazar la vida como él lo hizo los últimos siete meses de su vida que estuvo con Gloria, su último amor. O si definitivamente me sabe todo a mierda, y entonces me descuidaré a conciencia, esperando que la muerte no se demore mucho.

La primera semana la abstinencia fue salvaje. Sal-va-je. Tenía brotes de ira como jamás los había sentido, lloraba por cualquier cosa, en cualquier momento, sin poder detener las lágrimas. No podía dormir y estaba triste, profundamente triste, desconsolada. Esta semana -la segunda- todo comienza a volver a la normalidad. No me provoca fumar, y como no fumo no me dan ganas de comer porquerías. Comencé a salir con una guapa que me está cuidando, me enseña a respirar para quedarme dormida, me pone a hacer yoga y a meditar y me da jugos verdes que limpian el estómago. Era cierto que el amor iba a llegar cuando menos lo esperara, a riesgo de que me adelante a llamarlo amor. Comienzo a conocerme a mí misma sobria, mi mente comienza a despejarse, vuelve a enriquecerse mi vocabulario, volví a leer desaforadamente como llevaba haciéndolo hace 5 años con Netflix. Trato de mantenerme ocupada, porque al menos por ahora la vida me resulta aburrida sin fumar marihuana. Estoy aplazando el ejercicio porque lo detesto, pero ya llegará el momento para hacerlo también. Eventualmente dejaré de consumir la Trazodona que me ayuda a quedarme dormida por las noches y a mantener el sueño, y ojalá desaparezca también la necesidad de consumir Tramadol cuando me domina la artritis en la espalda.

Yo, que jamás he creído en nada, estoy buscando luz, porque quiero saber qué pasó con Mazuera. Creo que al amor –para que sobreviva- hay que regarlo como a una planta, y mi Mazuera ya no está para hacerlo. Entonces me pregunto si con su muerte murió también el amor. En este preciso momento apareció alguien que me abrió las puertas a la Kabbalah y entendí que para cambiar el mundo –como pretendo hacerlo- primero debo cambiar yo. Y aprendí que el suicidio no es solamente el momento en que alguien decide quitarse la vida y se mata. El suicidio puede demorarse años, y yo me estaba suicidando.

Por: Virginia Mayer / @virginia_mayer

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