Colombia, muy lejos de Holanda

Por Andrea Padilla

Decir que Colombia es Cundinamarca y no Dinamarca se ha convertido en la frase de cierre de discusiones en las que parecemos aceptar nuestras desgracias como merecidas y naturales y condenarnos a una eterna mediocridad. Además, sugiere que en los países “decentes”, “desarrollados”, es decir, del “norte”, sí es posible avanzar, mientras que en los del “sur” las cosas no pueden sino empeorar o, en el mejor de los casos, estancarse.

Solemos agregar que “allá” se dan el “lujo” de atender temas ambientales porque han satisfecho las necesidades básicas de la gente, mientras que “acá” aún bregamos para no morirnos de hambre. Y que como “allá” hay plata y “acá” se la roban… estamos jodidos. Peor aún los animales, para quienes nunca habrá.

Lo cierto es que el paso que dio Holanda, país del “norte”, a favor de los perros y gatos no requirió millones de euros ni le quitó el pan de la boca a un niño. Fue cuestión de voluntad política y determinación, como lo sería el atender casi todos los frentes en los que se vulneran los derechos básicos de los animales.

Hoy Holanda es el primer país sin perros ni gatos callejeros; para lograrlo no apeló a matanzas ni a perreras, le bastó con:

1. Hacer cumplir las sanciones al maltrato y al abandono, de hasta 17.000 euros y tres años de prisión, mediante información, claridad normativa e implementación efectiva de la ley.

2. Gravar la compra de animales “de raza” y prohibirla en otros casos para desestimular y erradicar el comercio de animales, a la vez que fortaleció y cualificó los programas de adopción (no gratuita).

3. Reglamentar la tenencia de los animales haciendo obligatoria su esterilización y castración, entre otros requisitos como su registro en un sistema único.

4. Desarrollar una política de control de natalidad de machos y hembras que incluye gratuidad y bajo costo.

5. Educar a la población con información precisa y la dosis justa de ‘garrote y zanahoria’.

Entre tanto en Colombia, el mero planteamiento de prohibir el comercio de animales vivos es atajado con el argumento de que tal decisión entraría en conflicto con el derecho al trabajo y a la libre escogencia de profesión u oficio de quienes se lucran con el negocio. Algo similar ocurre con la propuesta de hacer obligatoria la esterilización y castración de perros y gatos, a la que le salta el argumento en contra de la posible vulneración de los derechos a la intimidad y al libre desarrollo de la personalidad de los propietarios. Leguleyadas e intereses electoreros sin más, como los que siguen condenando a caballos y burros a la explotación laboral de parte de quienes apelan de manera ruin al discurso de los derechos.

Bastaría con tomar y ejecutar la decisión: no más venta de animales vivos, no más reproducción de perros y gatos al garete y generar programas de labores alternativas para los comerciantes, tal como hicieron Medellín y Bogotá para los carreteros.

Frenar el sufrimiento de perros y gatos en las calles sí se puede. La falta de plata no es obstáculo; los malos congresistas y gobernantes, sí.

*Las opiniones expresadas por el columnista no representan necesariamente las de PUBLIMETRO Colombia S.A.S.

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