Jóvenes autistas se expresan a través del arte

Aunque les resulta muy difícil comunicarse con palabras, en sus pinturas han plasmado la visión del mundo.

Por Lina Uribe

La primera vez que Gaspar se refirió a él mismo con un ‘yo’ fue hace un par de semanas, cuando se inauguró la exposición de pintura ‘Rostros desde una mirada autista’, en la Biblioteca Departamental. “Ese soy yo”, decía cuando alguien observaba su autorretrato.

Desde su infancia, este joven que ahora tiene 34 años fue diagnosticado con autismo y un tiempo después se le descubrió otra afectación cerebral que le dificulta comunicarse con palabras. Por eso, por la dificultad para ordenar las ideas en su cabeza, siempre se había referido a él en tercera persona hasta el día de la exposición.

Junto a Gaspar, otros tres jóvenes autistas de la Fundación Prisma llevaron sus pinturas a la Biblioteca Departamental con varios fines: el primero y el más importante, que más personas pudieran conocer su trabajo y el proceso que duró cerca de un año; el segundo, motivado por la fundación, que la gente pudiera enterarse un poco más sobre esta condición que acompaña toda la vida a quienes la presentan.

La profesora Maria del Rosario estuvo al frente del proyecto que inició el año pasado con exploraciones de color. Ella, pintora y bailarina, se vinculó a la fundación para ayudarles a los niños y jóvenes a encontrar una orientación vocacional por medio del arte.

A pesar de los regueros y de los cuadros iniciales que siempre terminaban en negro, Rosario siguió su trabajo paso a paso para que los estudiantes pudieran ir entrando a ese apasionante mundo del arte. Entonces en una clase, por ejemplo, les llevó recortes de bocas para que ellos vieran que no todas son iguales y pudieran irlas replicando en sus lienzos.

En otra ocasión hizo lo mismo, pero con narices. Les enseñó a manejar la paleta de colores, a hacer ciertos trazos y a dejar todo en orden después de que se acabara la jornada. El resultado más reciente de este trabajo fueron las obras que hasta esta semana estuvieron expuestas en la Biblioteca Departamental y que llenaron de orgullo a los autores, a sus familiares y a todos los integrantes de Prisma.

El daño incomprendido

La Fundación Prisma fue creada en 1995 por un grupo de personas con hijos diagnosticados con autismo que no encontraban lugares adecuados para sus muchachos. Rosmary Peña es la actual directora y casi madre de todos los niños y jóvenes que pasan el día recibiendo una educación personalizada.

A diferencia de los colegios y escuelas tradicionales, los niños de la fundación no aprenden matemáticas, sociales o español, sino que reciben varias tipos de estimulación de acuerdo a sus características y al nivel de desarrollo de sus distintas áreas.

Explica Rosmary que el autismo es una de esas patologías cuyo poco conocimiento da cabida a múltiples errores. Este trastorno afecta el desarrollo de quienes lo padecen en las áreas socioemocionales y comunicativas; en otras palabras, a las personas autistas se les hace muy difícil relacionarse con los demás y tienen intereses bastante restringidos.

Gaspar, por ejemplo, se enfada profundamente cuando en su casa no hacen jugo a medio día con la fruta que él dejó partida en la mañana. Otros niños no atienden cuando se les habla y se les dificulta expresar lo que están pensando o sintiendo.

A pesar de esto, los exámenes médicos de un paciente con autismo salen a la perfección. “Para el padre es una victoria que las pruebas médicas salgan bien, pero para nosotros esto corrobora las sospechas de que el niño tiene autismo y que esta es la respuesta a sus comportamientos”, dice Rosmary.

Algunos niños de los que ha tratado la fundación desde edades tempranas logran tener la estimulación necesaria para que más adelante puedan ingresar a la escuela. Pero otros, muchos otros, desertan. La directora cree que es porque las familias no comprenden lo que es tener un hijo autista, pero sobre todo porque el sistema educativo no está preparado para atender a este tipo de población y terminan haciéndole daño.

“En Prisma intentamos que ellos se vuelvan lo más independientes posibles para que puedan defenderse cuando ya no tengan la fortuna de vivir con sus padres o familiares. Con una buena estimulación desde pequeños, grandes cosas son posible”, puntualiza Rosmary.

Por ahora, a través del arte han logrado que ellos expresen esa visión del mundo que no se les hace posible contar a través de las palabras. No tienen que hablar con nadie más que con ellos mismos, con sus ideas, con sus gustos, con su creatividad. Elegir qué color quieren ponerle, qué forma, qué tamaño. Así, con esta terapia que resulta bastante relajante y productiva, logran sentirse útiles y alcanzan una tranquilidad que beneficia enormemente a sus familiares.

 

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