16 años después víctimas de la masacre de El Salado reciben restos de sus seres queridos

Jorge Tapia Fernández vivió todo un calvario para poder dar sepultura a su madre, a su padre y a su tío quienes cayeron abatidos en ese violento fin de semana en Los Montes de María.

Por Lina Robles Luján


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Jorge Tapia Fernández vivió todo un calvario para poder dar sepultura a su madre, a su padre y a su tío quienes cayeron abatidos en ese violento fin de semana en Los Montes de María.

“Eso nos marcó mucho a toda la comunidad. No solo mataron a más de 60 personas sino que destruyeron la vida de todo un pueblo”, cuenta la víctima Jorge Tapia Fernández, a este medio, quien vivió meses de zozobra, angustia y terror tras una de las incursiones paramilitares más violentas de la historia reciente del país en, El Salado, Bolívar, planeada y perpetrada entre el 16 y 21 de febrero de 2000.

Hoy, luego de la firma del acuerdo de paz, hay un brillo de esperanza que se asoma en la mirada de Jorge, quien en la actualidad está asentado en Barranquilla, donde trabaja como transportador. “Esperamos poder volver y reconstruir. Algunos lo han ido haciendo poco a poco pero no es fácil olvidar”, se lamenta. De los 4.000 desplazados de El Salado, sólo han retornado unas 700 personas a la población.

La masacre

Jorge junto a sus hermanos fue testigo de cómo la incursión de más 450 paramilitares masacraron a su madre, a su padre y un tío liderados por los excomandantes de las AUC en la Costa, Salvatore Mancuso Gómez y Rodrigo Tovar Pupo (alias Jorge 40). Él se salvó de morir porque había salido con dos hermanos y más de 30 campesinos por una trocha que conduce a Zambrano, municipio de Bolívar, el 18 de febrero, día en que los paramilitares invadieron el pueblo. “Nosotros sabíamos que no podías pasar noche en el pueblo y estábamos avisados de que algo iba a pasar. Pero esa vez, mis papás se adelantaron. Mami, según me cuentan solo alcanzó cocinar el desayuno cuando se metieron los paracos”, cuenta la víctima.

Según los registros documentales del Grupo de Memoria Histórica una de las primeras víctimas de la familia Tapia fue el padre Néstor, de 58 años, quien murió señalado por espías de que sus hijos hacían parte de la guerrilla y fue baleado en plaza pública.

La casa de la familia Tapia Fernández fue clave para los paramilitares ya que allí fueron encerrados en medio de llanto y dolor mujeres y niños separados de los hechos.

Luchó contra sus victimarios

Una de los actos de violencia documentados en la investigación del Grupo de Memoria Histórica fue la muerte de la madre de la familia Judith Margoth Fernández Ochoa la cual “forcejeó con los victimarios hasta ser derribada y herida de muerte con la bayoneta del fusil en el cuello, el tórax y el abdomen. Tenía 47 años”.

Finalmente el tío de la familia José Manuel Tapias merodeaba cerca de la plaza principal, y se asustó y cuando intentó correr fue baleado.

La masacre dejó un total de 60 víctimas fatales, 52 hombres y 8 mujeres, entre los cuales había tres menores de 18 años, 12 jóvenes entre los 18 y los 25 años, 10 adultos jóvenes entre 26 y 35 años, 23 adultos de 36 a 55 años, y 10 adultos mayores. “La gente no sabe mucho pero lo viene después un hecho así es mucho peor para los que quedamos vivos. Uno tiene fortaleza y aguanta todo, pero hay otros que no. En 2010 ganamos una sentencia para poder dar atención a 4 mujeres que han sufrido trastornos mentales después de la masacre”, explica Tapia.

En ese período y sólo en la región de los Montes de María   ese   torbellino   de   violencia   se   materializó   en   42 masacres,   que   dejaron   354 víctimas fatales.

Restos incompletos

Luego del desplazamiento forzoso y total del pueblo, al que Jorge solo pudo regresar años después, para recoger la única foto que guarda de sus padres, esta víctima comienza una nueva vida en Barranquilla, donde sufrió otro calvario, pero esta vez por recuperar los restos de sus familiares.

Después de la masacre los cadáveres de la familia fueron sepultados a toda prisa en una fosa común por no haber condiciones de seguridad y solo hasta el 2013 fueron exhumados, luego de una ardua lucha jurídica pudieron ser rescatados por parte del CTI de la Fiscalía.   Este organismo exhumó los cuerpos de las tres víctimas y tras las labores del Cuerpo Técnico de Investigación (CTI) y de Medicina Legal se logró la plena identificación de las personas.

En julio de 2015, la Fiscalía ya había entregado los restos mortales de nueve de las 12 personas exhumadas de las fosas comunes. Sin embargo, los cuerpos de Judith Margoth Fernández, Néstor Aníbal Tapia y José Manuel Tapia habían quedado en custodia de los peritos del ente acusador, dado que el año anterior estas familias exigieron claridad sobre lo ocurrido con los cuerpos de las víctimas. “Después de eso duraron 3 años en el laboratorio y nos cuentan que parte de los restos desparecieron y estaban incompletos. Ya de la desesperación que teníamos tuvimos que recibirlos así de forma irregular”, cuenta Tapia.

El pasado 14 de junio en una ceremonia conmemorada en un hotel de Barranquilla finalmente la Fiscalía hace entrega de los despojos mortales de las víctimas.

Nuevo comienzo

En la actualidad la tenacidad de Jorge y su experiencia con los trámites del posconflicto lo han llevado a ser líder de las víctimas en el departamento del Atlántico. “Seguimos trabajando por las audiencias de El Salado y no solo en este territorio sino también en los otros departamentos afectados”, señala Tapia.

Este transportador trabaja en conjunto con la Corporación Vínculos como promotor social, en red con 11 fundaciones más, en departamentos como Bolívar, Sucre y Atlántico. “Esperamos un cambio con el posconflicto porque ya estamos cansados. Nos viven prometiendo caballitos de oro y nosotros llevamos 16 años esperando como víctimas a que algo cambie y hasta el momento no ha pasado nada. Queremos que esta espera termine”, concluye.

Abrazatón por la Paz en la Universidad del Atlántico

Celebrando una mañana distinta los estudiantes de la Universidad del Atlántico convocaron a más de cien miembros de la comunidad universitaria para festejar el primer día sin guerra en Barranquilla. “Fue un encuentro que se dio espontáneamente por la emoción que sentimos al ver finalizado el ciclo de conversaciones y que llegó la paz”, dijo Eloy Soto, estudiante de Ingeniería Química a este medio.

Esta jornada se dio en el alma mater que es el segundo centro de educación superior del país que se incluye en el Registro Único de Víctimas después de la Universidad de Córdoba. El conflicto armado del país cegó la vida de 27 estudiantes y profesores de esta institución. “La Universidad del Atlántico como Institución de Educación Superior Pública, tiene el compromiso de ser parte del proceso para construir la paz. Desde la academia estamos promoviendo escenarios de reconciliación y solidaridad que permitan afianzar el posconflicto”, afirmó Rafaela Vos Obeso, rectora encargada.

Los estudiantes que participaron en la abrazatón se reunieron en el jardín de la institución donde cantaron y lanzaron al aire globos con mensajes alusivos a la paz y recordando a las víctimas de la institución.

La consigna de la jornada que se escuchó a voz en cuello fue la de “sí a la paz”. “Este día queremos que todos los colombianos sientan que hay un despertar distinto lleno de esperanza que habrá un debate de ideas y no de balas”, resaltó Soto.

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