Hay una diferencia enorme entre una campaña que busca conquistar nuevos votantes y una campaña que entra en pánico. La primera corrige, escucha y propone, mientras que la segunda se contradice, busca enemigos imaginarios, abandona sus propias banderas y empieza a disparar contra todo lo que antes decía defender, y eso es exactamente lo que está ocurriendo con Gustavo Petro e Iván Cepeda después de la primera vuelta presidencial.
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Durante meses le dijeron al país que la victoria era inevitable y que ganarían la Presidencia en primera vuelta. Sin embargo, los colombianos en las urnas enviaron un mensaje muy distinto: Abelardo de la Espriella obtuvo más de 10,3 millones de votos e Iván Cepeda quedó segundo con 9,7 millones.
Desde entonces, la reacción del petrismo ha sido una cadena de errores y contradicciones que reflejan una campaña atrapada por la desesperación.
El primer error fue desconocer los resultados, Petro denunció un supuesto fraude, habló de inconsistencias en el censo electoral y aseguró que existían 800.000 cédulas adicionales. Llegó incluso a afirmar que solo reconocería el resultado que surgiera del escrutinio. Pero las pruebas jamás aparecieron, lo que sí apareció fue la evidencia institucional, tres días después, la Registraduría informó que el 100 % de los escrutinios realizados por los jueces electorales había concluido y que las reclamaciones no alcanzaban siquiera el 0,7% de las mesas.
Y para completar, la propia campaña de Iván Cepeda terminó moderando el discurso y reconociendo que no existían evidencias de irregularidades. Esta fue una conducta absolutamente irresponsable, la democracia no puede funcionar si cada resultado adverso termina convertido en una teoría de conspiración.
El segundo, intentar reactivar una primera línea 2.0: El miedo a perder también apareció en la intención de reactivar un nuevo estallido social. Los discursos incendiarios de Petro y Cepeda han terminado llevando a jóvenes a las calles para marchar, bloquear vías y aumentar la tensión política en distintas ciudades del país.
Ya vimos cómo manifestantes se tomaron la sede de campaña de Abelardo de la Espriella en Teusaquillo, destruyeron material publicitario y hostigaron a seguidores. A esto se suman audios y videos conocidos en eventos privados de seguidores del Pacto Histórico donde se habla abiertamente de una estrategia para sembrar terror entre los ciudadanos mediante desinformación y mentiras.
Una campaña que recurre al miedo, la presión en las calles y la intimidación como herramienta política, evidencia su intento de reemplazar las ideas por la fuerza, la violencia y la polarización.
La tercera contradicción llegó con la suspensión de la Asamblea Nacional Constituyente: Aunque durante la campaña Petro firmó sobre mármol que jamás promovería una Constituyente y mintió. Durante su gobierno la impulsó, la defendió y permitió que avanzara la recolección de firmas para llevarla al Congreso.
Sin embargo, después de la primera vuelta, el comité promotor decidió suspenderla, ¿Por convicción democrática? No, por cálculo electoral. Descubrieron tarde que la Constituyente espanta a los votantes independientes y de centro que Iván Cepeda necesita para la segunda vuelta.
Pero hay que tener mucho cuidado, porque aunque la sacaron del discurso por voticos, sigue apareciendo en el plan de gobierno de Cepeda y sin duda, será promovida por la bancada del Pacto Histórico en el Congreso.
El cuarto error fue intentar convertir la camiseta de la Selección Colombia en una pelea ideológica. La campaña de Cepeda acusó a Abelardo de apropiarse de la tricolor, como si los símbolos nacionales tuvieran dueño político o necesitaran permiso de la izquierda para ser usados. El debate escaló hasta los estrados judiciales y terminó en una medida provisional sobre su uso.
La jugada les salió al revés. En lugar de debilitar este símbolo, lo fortalecieron. Más ciudadanos empezaron a usar la camiseta en calles y redes sociales como expresión de unidad nacional. Con esto, quedó demostrado que la tricolor pertenece a millones de colombianos que no necesitan que ningún comité político les diga cuándo pueden sentirse orgullosos de su país.
Quinto error, medidas desesperadas que afectarán a los colombianos: Con el Eje Cafetero bloqueado y a unas semanas de la segunda vuelta, Petro anunció el 3 de junio bajar el peaje de $17.800 a $700 en cinco casetas de Autopistas del Café y revertir la concesión al Estado. En el fondo, lo que busca es “comprar votos” a $17.100 por viaje, en una región clave para ellos y pasarle la cuenta a todos los colombianos que pagaremos ese subsidio con impuestos.
La misma desesperación se ve con el próximo Fenómeno del Niño, esta semana anunció el gobierno una hoja de ruta para contrarrestar sus efectos, los gremios advirtieron desde 2023 que El Niño de 2026-2027 sería el más crítico y aun sabiendo esto, el Gobierno las ignoró. Solo después de perder la primera vuelta y entender el costo político que tendría un eventual racionamiento, empezaron a hablar de “medidas de contingencia”. Es decir, lo que durante años minimizaron, hoy lo intentan resolver a las carreras.
Lo que queda en evidencia es una campaña que no solo llega a la segunda vuelta debilitada, sino además profundamente errática, corrigiendo todo lo que antes defendía y acumulando tropiezos propios que la han ido desgastando. Entre denuncias sin sustento, contradicciones públicas, giros improvisados y una narrativa cada vez más forzada, Petro y Cepeda terminan exhibiendo más desconcierto que solidez. La realidad es clara: no están siendo derrotados por sus contradictores, sino por sus propios errores.
