La voz amable

Algunos de nosotros pasamos el día involucrados en monólogos interiores. Más allá de intentar explicar qué es esa voz o voces, prestar atención a lo que nos dice(n) y el tono que usa(n) puede cambiar la manera como asumimos la vida diaria.

Imagen del calendario Despertares Bienestar

El miércoles de la semana pasada estaba preocupado porque debía hacer varias cosas. Mientras caminaba hacia la estación de transmilenio más cercana pensaba que eran varias y demandaban tiempo que no sabía si iba a tener. De pronto, una voz interna me dijo: “Manu, fresco, ya has tenido días así antes y te has bandeado, ¿por qué te preocupás?”, lo cual fue suficiente para parar un momento, mirar a mi alrededor, respirar y seguir caminando mucho más tranquilo. Lo extraño no era la presencia de esa voz, sino su tono, en tercera persona, dulce y optimista. Sospecho que apareció porque hacía poco había visto un post de pictoline que retoma la idea de que hablarse en tercera persona puede hacer que uno se sienta más tranquilo, pues ayuda a distanciarnos del motivo de angustia. Confieso que el post me había parecido un poco hippie, pero ahí estaba, dándome una mano en un día de preocupación.

Si bien no todos tenemos esos diálogos interiores, hay algunos de nosotros que sí lidiamos con una o más voces que, asumimos, somos nosotros mismos en un monólogo. Más allá de intentar explicar qué es esa voz –que algunas escuelas budistas explican como la mente creando dramas para mantenernos atrapados sin prestar atención al presente–, un ejercicio llamativo es escuchar qué nos dice y en qué tono.

Después de muchas sesiones psicológicas, he podido identificar que convivo con tres voces que guardan similitud con la idea del superyó, el ello y el yo del psicoanálisis. La primera es categórica, rígida y llena de juicios. La asocio con un sargento primero refunfuñón y amargado. Extrañamente, su presencia es más fuerte en los días que tengo tiempo libre, porque para ella siempre tengo que estar haciendo algo. Cuando la oigo –con más frecuencia de lo que yo quisiera– termino dividiendo el día en cubículos de actividades de una hora cada uno y, al final, así haga más de lo que hubiera pensado, nunca es suficiente. Como el sargento se enfoca en lo que dejé de hacer y no en lo que logré, siempre estoy en deuda. Esa es la voz a la que más he oído durante buena parte de mi vida.

La segunda es la de un niño pequeño. No piensa ni planea mucho, es indisciplinada y provocadora, tiene mucho humor. Curiosa, es una gran esponja que absorbe del mundo de manera despreocupada. Sale, a veces de manera nítida, cuando estoy de lleno en una tarea creativa, bien sea leyendo, dibujando o tocando guitarra. La asocio a esos momentos de niño cuando uno empezaba a dibujar y a uno se le iba el día y no importaba y el dibujo resultaba mejor de lo que uno esperaba, en buena medida porque uno no había estado esperando nada, solo dibujar por el placer de hacerlo. Aunque hasta hace unos años pensé que era mi voz dominante, la verdad es que no: el sargento primero hace que este niño me hable menos de lo que quisiera.

La tercera es la de un adulto, la voz sensata. Es más centrada que la del niño y mantiene a raya al sargento. A esta intento prestarle atención cada vez más. Creo que fue la que me habló el miércoles pasado, pero, como decía arriba, a diferencia de muchas veces antes, esta vez, además de sensata, fue amable, tan amable como no recuerdo haberla oído en años. Y a ustedes, ¿quién o quiénes les hablan y en qué tono?

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