Opinión

El Giro de Rigo o el arte de sufrir encima de la bicicleta

Un relato de Pedro J. Velandia / @acerocaballito

Desde que era muy pequeño mi papá me contó las historias de todas las carreteras de Colombia que recorrió manejando una tractomula. De esas historias siempre recordé que él hablaba de Chiflas, un restaurante en Pescadero. En 2019, tal vez uno de los años en que más estaba montando en bicicleta, vi la posibilidad de inscribirme al Giro de Rigo que, como un eco de las historias de mi padre, iba a pasar por la carretera de Pescadero. El camino que mi papá recorrió durante muchos años frente a un volante, ahora yo lo iba a hacer en la bicicleta.

Una pandemia se atravesó en los planes.

En medio de tantos cambios, de tantos altibajos y de todo lo que trajo consigo el encierro y las restricciones del Covid-19, me bajé durante muchos meses de la bicicleta. Ya en 2021 pensé que lo mejor era renunciar al Giro de Rigo. Con un recorrido tan duro y con tan poco tiempo para entrenar, esta aparecía como la mejor opción. Sin embargo, en otro giro de curva de la vida terminé regresando a la bicicleta, entrenando con muy poco tiempo, robándole espacios al trabajo y al estudio para llegar en la mejor forma posible a una competencia que resultó siendo toda una experiencia.

Cuando nos inscribimos a nuestro primer gran fondo, una amiga me dijo que, si uno va a sufrir, pues sufre bien y se inscribe al recorrido más largo. Bueno, en el Giro de Rigo el Reto Cóndor tenía un total de 115 kilómetros conectando tres puertos de montaña: la Mesa de los Santos, el Cañón del Chicamocha y Los Curos. Desde que lo vi en el papel, y sabiendo que no tenía tanto entrenamiento encima, tenía mucho miedo de no poder coronar el último puerto. Al llegar a la línea de salida, en el Estadio Villaconcha, todo parecía una gran fiesta. Se venía un día duro, pero el ciclismo, que tiene una magia impresionante y que parece transportarlo siempre a uno a otros tiempos, tuvo su efecto.

Subiendo La Cachama, como los santandereanos llaman a esa subida de 9 kilómetros con unas paredes bien pronunciadas, las piernas se sentían bien y la emoción de la gente que se encontraba en la carretera ayudaba a hacer más llevadero el primer puerto. Hacia el final, en la orilla de la carretera vi un grupo de tres señores que me recordaron el ciclismo de otras épocas. Con un micrófono en la mano comentaban la carrera dando pasos a pautas comerciales de la época dorada de la radio. Les grité: “¡Deme cambio, móvil 2!”. Narraron mi paso con mucha emoción. ¿Qué sería del ciclismo sin la radio? ¿Qué sería del ciclismo sin la afición al borde de la carretera?

Al comenzar la subida al Cañón del Chicamocha el clima fue benevolente conmigo. Todo el tiempo estuvo nublado. Una subida larga que, además de piernas, requiere de mucha cabeza para no desesperarse. En el camino pasaron Sergio Higuita y Daniel Felipe Martínez apostando piques. Ellos hacen ver tan fácil algo que a varios nos estaba empezando a costar. Al pasar por Chiflas, cerca de coronar el puerto, pensé en mi viejo y en lo cerca que estaba de lograr un puerto mítico de Colombia. Sin embargo, Rigoberto Urán se encargó de que el recorrido tuviera algo más. En el paso por Aratoca, para poder salir del pueblo vi que la calle picaba hacia arriba, y comenzaba una placa huella. Donde hay placa huella, normalmente, es porque la pendiente es muy empinada; eso lo sabemos todos los ciclistas. Desde la puerta de su casa, una señora que hondeaba una bandera gritaba: “¡200 metros duritos!”. A su lado un cartel decía: “Mijito, yo de usted ponía plato pequeño y piñón grande”. Ese repecho de Aratoca hizo bajar a muchos valientes, a un par les produjo calambres y a la afición les dio para hacernos muchos chistes a los que pasábamos apretando los dientes, cerca de morder el manubrio.

Todo lo que sube tiene que bajar.

Quedaba bajar Pescadero, y subir los Curos para llegar a Piedecuesta y terminar. Al mirar el reloj me di cuenta de que el tiempo que había hecho era mucho mejor de lo que esperaba y eso me animó. Al comenzar el último puerto sentía el peso en las piernas y temía mucho por un posible calambre. Estoy seguro de que esos últimos 13 kilómetros pedaleé más con el corazón y con las ganas que con la fuerza de mis piernas, que ya estaban resentidas. En la última curva cerrada, a la derecha, que es una nueva pared, un grupo de ciclistas nos animaron y nos echaron agua en la espalda, para aplacar la temperatura y tomar las fuerzas para llegar a Piedecuesta. Me paré en pedales y supe que en ese momento me estaba terminando de tatuar las montañas de Santander en las piernas. Quedaban algunos repechos y el camino de trámite hasta la meta en Piedecuesta donde, por primera vez desde que empecé a participar en los grandes fondos, me estaban esperando con una cerveza, un abrazo y un beso. Llegué mucho tiempo después del primer competidor, pero estoy seguro de que gané.

¡Terminé el Giro de Rigo! Algo que a mitad de este año parecía imposible se convirtió en realidad únicamente porque la vida nos enseña que hay que aprender a sufrir encima de la bicicleta.

Una última curva

El domingo 31 de octubre, mientras se desarrollaba el Giro de Rigo: Edición del Chicamocha, en la página de la Radio Nacional de Colombia se publicó una nota de prensa. Allí Carlos Buitrago hace un juicioso trabajo documental señalando que, desde el Indersantander, entidad encargada del fomento del deporte en el departamento, se realizó un contrato por un valor de $591 millones de pesos para el desarrollo del evento. Aunque se argumenta desde entes departamentales que el contrato se creó para fomentar el turismo en la región a partir del gran fondo organizado por Rigoberto Urán, es particularmente extraño que el dinero se desembolse desde la entidad encargada del deporte.

Como ciclista aficionado, pero sobre todo como aficionado al ciclismo, esta nota pone una gran mancha sobre un evento que desplegó tanta logística como lo fue el Giro de Rigo. El multimillonario contrato que, estoy seguro, se pudo distribuir mejor en procesos deportivos alrededor de las bases del ciclismo en Santander, tal parece, se destinó para otros fines. Seguramente las personas que tengan las respuestas recurrirán a evasivas o usarán el “éxito comercial” del evento para señalar su logro; sin embargo, esto no es suficiente.

En Colombia nos hemos acostumbrado a celebrar las victorias de nuestros pedalistas cuando ya están en Europa, y nos perdemos un montón de procesos y pasos que son fundamentales si es que queremos, verdaderamente, llamarnos potencia mundial del ciclismo. El dinero que se debe invertir en clubes, escuelas, procesos desde juveniles —tanto en la rama masculina como femenina— y demás, es central si es que queremos hacer las cosas bien. Que nuestra alegría por hacer un recorrido en un gran fondo no nos nuble la vista de los muchos problemas que tiene el ciclismo colombiano. Que quede claro que haciendo grandes fondos va a ser muy difícil, sino es que imposible, que encontremos al próximo campeón de un Tour de France. Una cosa es el ciclismo aficionado y otra muy distinta son los procesos del deporte de alto rendimiento.

Hasta que no hagamos las cosas en orden, el Giro de Rigo no va a dejar de ser un evento anual que se celebre con bombos y platillos mientras que, por culpa de fortines y movimientos políticos, se echan a perder, por no realizarse, los trabajos con los muchachos y muchachas que con más apoyo pueden reclamar victorias por todas las carreteras del mundo.

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