Descubriendo los sabores del centro de Bogotá

Por Pamela López

Más allá de ir a la Plaza de Bolívar a darle de comer a las palomas, caminar por La Candelaria y visitar los museos, el centro de Bogotá ofrece una variedad de sabores para degustar; tal vez uno de mis planes favoritos.

Recuerdo que en mi casa se armaba paseo con mi mamá a “vitrinear” y hacer una parada obligatoria en esa esquina de la Séptima, cuadras antes de llegar a la 19, en donde venden los merengones más ricos que he probado en toda mi vida. Y sí, no exagero, son de esos que se disuelven en la boca y dan ganas de comerse uno tras otro como si fuera maíz pira.

Esto me lleva a pensar que el centro de Bogotá se puede comparar con una gran dulcería repartida en sitios estratégicos. Por ejemplo: subiendo hacía el centro Cultural Gabriel García Márquez por la Catedral Primada, una esquina antes del local de artículos religiosos, hay un par de restaurantes tradicionales y no por nombre, sino por sabor.

Venden arroces (los dulces), cocadas negras, morenas, blancas y con maní para ofrecer más variedad, gelatina de pata y gomas artesanales, hasta churros vi una vez. Son esos “pecaditos” que caen bien después del almuerzo.

También me acuerdo que tuve que madrugar un par de veces   para acompañar a mi tía a hacer vueltas y lo bueno de levantarse a las cinco de la mañana era tomar ese chocolate santafereño, de esos que prefieren los pocos cachacos que quedan, con queso campesino y almojábana a las siete de la mañana. No había nada más rico que eso y La puerta falsa, el restaurante, sigue ofreciendo no solo chocolate, sino el mejor tamal y aguadepanela que se encuentra en la zona.

En la época universitaria, cuando debía pasar la tarde en la Luis Ángel, la oblea no podía faltar. En cada esquina hay un puesto en donde esparcen el arequipe sobre la galleta a punta de palo de madera. “Camine por un juguito” me decía mi mamá en esos años en las que tocaba dar la mano para pasar la calle y entonces íbamos a Mora Mora, el palacio de los “juguitos” y los sándwiches.

Pero si su paladar es más fino y quiere probar algo de las mejores cocinas que hay en el mundo, el recomendado es Casa de citas. No se confunda, es un restaurante de cocina peruana y centro cultural con más de 20 años y en donde venden uno de los mejores ceviches.

El Centro se puede conocer recorriendo esos sitios emblemáticos y llenos de sazón. Además de ‘corrientazo’, hay restaurantes que venden salmón, también están los vegetarianos y mexicanos para los que quieren otra cosa. Y si esperar no es lo suyo, restaurantes de comida rápida inundan la parte universitaria. Mi invitación es que explore, porque tal vez se termine enamorando tanto de los merengones como yo.

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