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opinión 12/03/2021

¿De qué hablamos cuando hablamos de feminismo?

Es curioso, y a la vez no lo es, pero muchísima gente aún no sabe de qué se trata eso que llaman feminismo, y quedó más que claro en la marcha de mujeres del pasado 8 de marzo.

Es curioso, y a la vez no lo es, pero muchísima gente aún no sabe de qué se trata eso que llaman feminismo, y quedó más que claro en la marcha de mujeres del pasado 8 de marzo. Comentarios en redes sociales tildando a las mujeres que protestaban como “feminazis” o explicando mal la marcha con la errónea frase de: “es que esas mujeres quieren vengarse de los hombres”, o la aún más equivocada: “es que el feminismo es como el machismo, pero a la inversa”, sólo empeoran una discusión que es transversal a todos y que es necesaria para nuestra sociedad.

Porque el feminismo, precisamente, se trata de eso: de inclusión y de buscar los mismos derechos para todos, sin necesidad de quitarles a unos para darles a otros, que es la realidad que hemos vivido históricamente. Judith Butler, filósofa estadounidense y tal vez una de las mayores autoridades teóricas sobre el téma de género, lo resumió en un conversatorio realizado en 2019 en la Universidad Nacional de Tres de Febrero, de Argentina: “el feminismo busca la igualdad”.

Y cuando se habla de igualdad, por su puesto, se trata de la reivindicación de los derechos de las mujeres. Y no, eso no es “como el machismo, pero a la inversa”, todo lo contrario, no se trata de discriminar a un grupo en pro de otro, se trata de empoderar al que ha sido sometido históricamnte para beneficio de todos.

Puede que a muchos hombres (e incluso mujeres) les suene extraño, pero es que nuestra cultura ha sido construida sobre un modelo en el que las mujeres están sistemáticamente oprimidas. Lo que pasa es que al hacer parte de esa cultura, de ese sistema, muchos no se dan cuenta. Eso se llama privilegio y, parafrasando a Ita María, autora del libro “Que el privilegio no te quite la empatía”, cuando te das cuenta de ese privilegio es éticamente imposible volver atrás.

¿De qué se trata ese privilegio? Podríamos hacer un repaso histórico nada más en Colombia y ver que la mujer pudo votar en unas elecciones hasta 1958 -antes sólo podían votar los hombres-, o recordar que las mujeres apenas si han tenido presencia en los cargos de elección pública, o contar que en este país sólo el 25% de los puestos directivos de las 500 principales compañías es de mujeres. Por supuesto, cada vez hay más mujeres en cargos públicos; en Colombia se logró un hito con la elección de una vicepresidenta y en Bogotá por primera vez hay una alcaldesa electa y las mujeres constituyen la tercera parte del Concejo, que además tiene una mesa directiva totalmente femenina, pero muchas no se sienten representadas por esas políticas e, incluso, se cuestiona la presencia de esas mujeres en el poder como fachadas del sostenimiento del sistema patriarcal tradicional. “Los partidos tradicionales, si bien tienen un discurso de inclusión, realmente no avanzan en abrir oportunidades para que las mujeres asciendan en la estructura de esos partidos”, explica la profesora Angélica Bernal, autora del libro “Las mujeres y el poder político: Una investidura incompleta”.

Pero expliquemos el privilegio con el día a día: los hombres tenemos menores cargas, ya que culturalmente se construyó el discurso de que el hogar, el cuidado, la familia, son responsabilidades de la mujer; son las cuidadoras, las responsables de que los niños estén bien, de que la casa esté limpia, de hacer las comidas, de vestir al marido, algo que puede que a más de un lector o lectora le suene absolutamente normal, pero no, no lo es: es una construcción cultural. Una que oprime a la mujer, además, porque por esas cargas la mayoría de las veces se suman a las de su trabajo y, en muchos casos, tiene que dejarlo con lo que, además, ella compromete su autonomía económica.

Y uno de los objetivos del feminismo es que todos nos demos cuenta de eso para cambiarlo. Es necesario entender que la mujer puede trabajar y que las responsabilidades del hogar tienen que ser compartidas con su pareja, es necesario aceptar que las mujeres deben tener las mismas oportunidades económicas y políticas de los hombres, es obligatorio darse cuenta de que no es normal que una mujer tenga miedo de salir a la calle sola porque está en un riesgo muchísimo mayor que un hombre no sólo de ser robada, sino de ser agredida sexualmente.

Y ese es uno de los puntos fundamentales del feminismo: la lucha por la autonomía del cuerpo femenino. Como bien lo explicó el pasado lunes en Canal Capital la profesora Bernal: “El cuerpo de la mujer siempre ha sido objeto de decisión externa, y en la medida en que las mujeres reivindican su poder de decisión sobre su cuerpo, sobre su reproducción, va a haber un choque”.

Y ese choque se vive día a día; desde las imposiciones culturales sobre cómo se debe ver una mujer (“¿por qué se cortó el pelo?”, “¡no debería estar tan gorda!”, y un larguísimo etcétera), pasando por la justificación cultural al abuso (“¿qué hace con una faldita así de corta, quiere que la violen?”, “si usa ese escote es para que la miren”, y demás), hasta las decisiones de salud pública sobre su cuerpo. Y esto último es un punto clave y la enésima batalla del feminismo: ¿por qué cuestionar la autonomía de una mujer sobre su derecho a abortar o no? Porque atenta contra la moral, y la moral es otra construcción cultural hecha para controlar.

Ahora, la lucha feminista no es una sola, son muchas y con diferentes intereses, lo que haya hecho que muchos y muchas se vuelvan a preguntar sobre qué es el feminismo cuando se ven batallas discursivas y señalamientos de unas mujeres a otras (el tema de las mujeres trans, por ejemplo, ha sido un campo minado reciente entre las feministas colombianas), pero el objetivo en común de todas estas posiciones es el mismo: la igualdad y la reivindicación de los derechos de la mujer. La propia Butler lo explicó magistralmente: “No evitemos la fragmentación. La fragmentación es un conjunto inevitable de conflictos, pero si queremos ser un movimiento más fuerte tenemos que aprender a convivir con ella”.

Ahora, como movimiento, como apuesta política para la transformación de la sociedad, el feminismo es absolutamente necesario. Su apuesta ética por la igualdad, por la inclusión y por los derechos se puede aplicar perfectamente a todas las luchas sociales.

Porque ese es el último punto; en la medida en que crece la marea feminista hay una mayor reacción del sistema tradicional en su contra y la masculinidad tradicional entra en crisis. No es casualidad que las cifras de violencia contra la mujer y los feminicidios se hayan disparado en tiempos de reivindicación de los derechos y la autonomía femenina, y como sociedad tenemos que reaccionar ante esto. Sí, el feminismo cada vez es más visible y su luz empieza a revelar lo que por mucho tiempo ha estado entre sombras, pero es justo en el claroscuro del amanecer en el que aparecen los monstruos, y ese que busca aniquilar el de la lucha feminista quiere, en últimas, acabar con cualquier atisbo de diversidad e inclusión y se llama fascismo. Y en tiempos de opresión y miedo, el gran antídoto contra el fascismo resulta ser, precisamente, el feminismo.

@pinocalad