Opinión

La TV es arcoíris

Lo cierto es que luego de cuatro décadas, muchas luchas, trabajo incansable, agendas políticas y sociales en la boca de los y las gobernantes, la historia de las mujeres lesbianas, hombres gais, personas bisexuales, mujeres trans, hombres trans y demás identidades sexuales, no se ha trascendido a una igualdad sustantiva sino estrictamente formal

Endry Cardeño

Hace unos días, más exactamente el 26 de enero, conmemorábamos en Colombia los 40 años de la despenalización de la homosexualidad en nuestro país. Palabras más palabras menos, el Estado eliminaba del código penal colombiano el delito de la sodomía y “dejaba en paz” y de perseguir a quienes decidían construir una identidad sexual alejada de la heteronormatividad. Un término enredado que no es otra cosa que un sistema sobre el cual nos han enseñado que lo correcto y aceptado es ver a un hombre y a una mujer construyendo una familia y teniendo hijos para poder realizarse como seres humanos.

¡El panorama pintaba bien! Óigase bien: el Estado, por primera vez, me reconocía y me aceptaba en su ámbito jurídico y legal. Ya no era un delincuente, así muchas personas me siguieran viendo como raro, enfermo o depravado. Lo cierto es que luego de cuatro décadas, muchas luchas, trabajo incansable, agendas políticas y sociales en la boca de los y las gobernantes, la historia de las mujeres lesbianas, hombres gais, personas bisexuales, mujeres trans, hombres trans y demás identidades sexuales, no se ha trascendido a una igualdad sustantiva sino estrictamente formal. Es decir, que “eso” que se nombra en las leyes, no se ha materializado de forma efectiva en mejores condiciones de vida para todas y todos o en el lenguaje de la Red Comunitaria Trans –RCT- de la ciudad de Bogotá: “pasar de sobrevivir a vivir”.

Claro, debemos reconocer que las luchas sociales, la movilización ciudadana y el liderazgo de muchas personas han traído demasiados frutos, pues hoy vemos un país que empieza a moverse y a reaccionar ante las injusticias y ante la indiferencia; también podemos decir que cada vez más observamos a diferentes medios de comunicación registrando hechos importantes, noticias alentadoras, pero también frustrantes y dolorosas de la realidad de las personas LGBTI. Todavía tenemos mucho que recorrer.

No en vano lo que hace escasos 30 a 40 años era impensable, hoy puede verse como revolucionario: la televisión ha puesto en escena historias de personas con identidades sexuales diversas, que claramente comunican algunas formas de ver la vida y que objeto de una moralidad disfrazada de discriminación, han conmocionado a algunos sectores sociales del país. Quizá algunas y algunos recordamos las “escenas prohibidas”, pero ya bastante discutidas y debatidas, de Amparo y Margarita Rosa, o la incursión de Endry Cardeño, mujer transgénero, en una novela “prime time” haciendo un papel de reparto que se robó literalmente el espectáculo. Recientemente, hemos visto un par de besos entre hombres, entre mujeres, la incursión de participantes transgénero en “reality shows”, reinados de belleza o en programas como presentadoras; de la misma manera, algunas plataformas de televisión privada se han arriesgado a tratar, a través de series o películas, historias reales con personas reales. Y aunque ambos panoramas son alentadores, más en uno que en otro, lo cierto es que nuestras cadenas de televisión siguen siendo, a mi manera de ver, muy tímidas y algo “clichesudas” a la hora de poner en sus programas nuestras vidas.

Miren no más lo que sucede con las mujeres trans, sus papeles se ubican en lugares comunes y muy estigmatizados como las actividades sexuales pagadas o la peluquería; muchas son vistas como problemáticas y escandalosas. Y ni qué decir de los hombres transgénero de los cuales no se ha escrito una línea, que yo recuerde. O que expresar de los hombres homosexuales que, en gran parte de sus apariciones, nos ven como “los mejores amigos” o “los más divertidos” y no es que no lo seamos, sino que se trata de roles cargados de alguna sensación burlesca.

Quiero insistir que, aunque son inmensos los avances, las puertas abiertas, la importante generación de opinión pública sobre nosotras y nosotros, la verdadera revolución sólo ocurrirá el día en que la naturalización de nuestras vidas a través de historias más cercanas y reales, sean vistas en las grandes apuestas de los canales. Cuando la historia central de amor sea la de dos mujeres; cuando una mujer trans sea la protagonista de una telenovela o la presentadora de un programa en un horario estelar; cuando se cuente bien la vida de un hombre trans; cuando el contenido de un programa aporte a la deconstrucción de ideas erradas sobre las personas LGBTI. Ese día y solo ese día, lloraré de la felicidad porque se ha logrado una verdadera transformación.

Por ahora en mi mente la televisión totalmente arcoíris que recuerdo, es esa imagen que colocaban con pito y todo cuando la emisión de los canales terminaba en las madrugadas. La de hoy sólo se escandaliza cuando en una bodega de elementos de salud ven a la Alcaldesa de Bogotá con una caja de preservativos de fondo, que les lleva a inventar historias, acomodar verdades o asumir que ese cuentico del sexo y del placer humano debe ser un asunto que se discuta en el seno de los hogares. ¡Grave error! 

Por Juan Carlos Prieto García

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