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Columnas 30/11/2020

De los mass media al teléfono celular

“Cuando las grandes empresas de medios decidieron apostarle a la publicidad estatal, a los grandes capitales económicos, al gobierno de turno por encima del equilibrio informativo y la verdad de los hechos, no sólo echaron por tierra su credibilidad, sino que abrieron también una puerta a la alternatividad noticiosa”: Joaquín Robles Zabala

“Cuando se descubrió que la información era un negocio, la verdad dejó de ser importante”. Esta sentencia, que hoy cobra más vigencia que nunca, y que debería estar colgada como aviso de neón en la entrada de las facultades de comunicación del país, es de Ryszard Kapuściński, quien hizo del periodismo un arte y puso al comunicador en el centro de la noticia. Muestra de ello son los maestros Truman Capote, Norman Mailer y Hunter S. Thompson, entre una larga lista de nombres. La libertad de expresión, de comunicar, de opinar, es la base sobre la cual descansa toda democracia. Pero esto parece olvidarse y, en el menor de los casos, obviarse. Si es cierto que hoy encontramos menos censura oficial en la gran mayoría de los países occidentales, tampoco es menos cierto que la libertad del periodista está limitada por los intereses de la empresa para la que trabaja.

No olvidemos que las empresas tienen como objetivo principal la rentabilidad. Un grupo económico no monta un negocio por amor al arte. La relación oferta-demanda es el eje central sobre el que reposa toda transacción comercial. Los que nos hemos formado en comunicación tenemos claro que un periódico no se sostiene de la venta de los ejemplares porque la inversión en cada una de esas unidades es mayor que el precio pagado por el público. Pero más allá de este detalle que parece poco importante está el hecho de que los empresarios de la comunicación (piénsese en Ardila Lülle, Sarmiento Angulo y los Gilinski,

entre otros) no invierten su enorme fortuna sólo en los mass media o medios de comunicación de masas, sino también en un abanico mucho más amplio y heterogéneo de negocios que abarca desde embotelladoras de refrescos, líneas aéreas, ingenios azucareros, bancos y fondos de pensiones y cesantías.

Pero este es sólo uno de los muchos hilos que se hilvanan en ese tejido amplio de la comunicación como negocio y nos muestra las bases que soportan hoy eso que en su momento fue definido como el cuarto poder. En este punto ya no interesa el equilibrio de la información, fraguado en los límites de la democracia. Ya no importa si las empresas comunicacionales que conforman los gremios económicos de los Ardila Lülle, los Sarmiento Angulo o los Gilinski, y que tienen a su vez una responsabilidad social, inclinen la balanza de la información en defensa de un sistema antidemocrático, de un gobierno populista o extremadamente corrupto, donde importa menos la miseria rural, la toma de las calles de las grandes ciudades por trabajadores que exigen mejores condiciones laborales, por profesores que les solicitan a los mandatarios de turno una mayor inversión en educación o que cada año se mueran de hambre o enfermedades prevenibles miles de niños en distintas regiones de la geografía nacional.

El mismo Ryszard Kapuścińsk aseguró que la conquista de cada pedacito de nuestra independencia exigía siempre una batalla. En el periodismo, esa batalla es por la verdad. Y no puede llegarse a esta si el periodista o el medio para el que se labora está al servicio del poder político, sobreponiendo los intereses de la empresa a su compromiso social con los lectores, los teleusuarios, oyentes o seguidores. La verdad se convierte entonces en un capital simbólico escaso, uno que le ha abierto las puertas a un periodo oscuro de la comunicación de masas que algunos académicos y teóricos de la información han definido como posverdad. Lo anterior, es el resultado del sometimiento de los grandes medios a los grandes capitales económicos, a la firma de abultados contratos publicitarios con los gobiernos de turno, con las multinacionales que llegan al país a explotar el subsuelo para la extracción de crudo, oro y otros metales, sin importar el daño que estas acciones les produzcan a los páramos, los ríos o las reservas naturales.

Cuando el novelista y semiólogo Umberto Eco afirmó que las redes sociales le han dado voz a una legión de idiotas, estaba expresando una verdad a media, pues estas han hecho de la información un espacio mucho más democrático. Es decir, han abierto la puerta para mostrar el otro lado de los hechos, aquel conjunto de criterios y valores arbitrarios que, según John Fiske, aparecen en la selección noticiosa como lineamientos inamovibles, dominantes, ya que se presentan como indicios naturales, dándole a los acontecimientos

el estatus de lo real. A esta altura, importa menos si la noticia “incumbe a personalidades de la elite”, si “es negativa”, si “es reciente” o “sorprendente” como lo estipulan los cánones del “buen periodismo”.

Sin las redes sociales y la incursión de las nuevas tecnologías móviles, hoy no sabríamos quién mató al estudiante Dylan Cruz durante las protestas nacionales del 25 de noviembre de 2019; no tendríamos imágenes en video del crimen de la líder social María del Pilar Hurtado, ultimada a balazos en Tierra Alta, Córdoba, frente a su pequeño hijo; no sabríamos nada de los policías que dispararon sus armas de fuego contra una multitud de chicos que protestaba en Bogotá por el asesinato, a manos de dos policías, del estudiante de derecho Javier Ordóñez en septiembre pasado; no tendríamos evidencia fílmica de los detenidos en una estación de policía de Soacha, Cundinamarca, ardiendo como antorchas humanas sin que recibieran ayuda de sus custodios.

En este sentido, los mitos dominantes de la comunicación de masas se hacen añicos, pues las protestas, vistas como movimientos organizados por grupos hostiles, agresivos, destructivos, que les importa un carajo el bienestar de la nación, infiltrados por grupos guerrilleros y otras bandas delincuenciales, han demostrado que más allá de la estigmatización de las voces oficiales está la reivindicación de los derechos de los ciudadanos, del bienestar de los trabajadores, de los miles de campesinos que sacrifican sus vidas y recursos en una cosecha que luego les compran por la mitad del dinero invertido sin que el gobierno central mueva un dedo por salvarlos del desastre económico que les estalla a diario en la cara como una bomba.

Cuando las grandes empresas de comunicación decidieron apostarle a la publicidad estatal, a los grandes capitales económicos, al gobierno de turno por encima del equilibrio informativo y la verdad de los hechos, no sólo echaron por tierra su credibilidad, sino que también abrieron una puerta a la alternatividad noticiosa.

Twitter: @joaquinroblesza

Email: [email protected]

(*) Docente y magíster en comunicación.