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Columnas 12/11/2019

Final única

““La Conmebol se manda todas, pero también le pasan todas”. Mejor definición no puede existir frente a lo que fue la final de la Copa Sudamericana entre Colón de Santa Fe e Independiente Del Valle. Y no puede existir tampoco mejor definición frente a una organización del fútbol sudamericano que es líder en desatinos y precariedad”: Nicolás Samper.

Andrés Burgo escribió en Twitter: “la Conmebol se manda todas, pero también le pasan todas”. Mejor definición no puede existir frente a lo que fue la final de la Copa Sudamericana entre Colón de Santa Fe e Independiente Del Valle. Y no puede existir tampoco mejor definición frente a una organización del fútbol sudamericano que es líder en desatinos y precariedad.

Porque claro, la excusa es decir que los torneos de gran envergadura definen a su campeón en un solo encuentro. Y hablan del Mundial -desconociendo que la Copa del Mundo se disputa en un territorio neutral para 31 de los 32 países envueltos en la disputa- con la boca llena, como ejemplo de la perfección. Y también se regodean contando que la Champions League ha cumplido con ese precepto de jugar en un lugar ajeno desde el comienzo de los tiempos, es decir, desde 1956, año en el que se vio la primera gran final entre los clubes europeos y que juntó en el Parque de los Príncipes a Real Madrid y a Stade de Reims.

Y toca volver con el asunto de las distancias y el encarecimiento aprovechado de ciertos valores naturales como el traslado aéreo y la boletería. Y toca volver a argumentar que para el hincha más fiel siempre será importante ver a su equipo defendiendo la localía al menos una vez, en el partido que puede determinar su consolidación en el reino de los grandes.

Pero -y a mí cómo me gusta cuando estas cosas ocurren- la Conmebol fue tozuda en su idea de que dos grandísimos campeonatos como la Copa Libertadores -generador de equipos tan distintos como legendarios como el Peñarol de Spencer, Goncalvez y Cubilla o el Argentinos Juniors de Borghi, Batista y Pasculli por enumerar apenas dos ejemplos- y la Copa Sudamericana -un torneo que se derivó de la extinta Copa Conmebol y que le ha dado la oportunidad a fuerzas emergentes y a clubes tradicionales un incentivo más de competición en el continente en los que han gritado campeón equipos distintos en trayectoria pero con la consigna intacta en sus deseos de vencer como River Plate, Cienciano, Pachuca o Independiente Santa Fe- quedaran enquistados en el corsé de una película sin segundas partes.

Así, entonces, con la convicción del que tiene la suficiente determinación para equivocarse con creces -porque lo que motiva este engendro es un engendro anterior que fue la cacareada final Boca-River y la ineptitud mutua de controlar un público violento y demasiado ansioso en Argentina- se decidieron por Santiago de Chile para albergar el último episodio de la Libertadores y Asunción cómo terreno de confrontación en la Sudamericana. Entonces, la capital de Chile ardió en llamas por cuenta de la misma determinación equívoca de su Gobierno y a pesar de que tiraron la pelota hacia adelante para hacer tiempo -algo bien sudamericano- la situación no mejoró y optaron por ubicar a las carreras una nueva sede: Lima, ciudad que poco antes había sido descartada de plano para que tuviera la responsabilidad de esa final. Un papelón de esos que nunca se olvidará.

Asunción vio hinchas de Colón e Independiente Del Valle llegar a las tribunas para la Sudamericana. Y el gol de León demostró que el VAR de estos lados es una caricatura incapaz de decidir una acción al instante. Y el aguacero torrencial quiso enviarles a los dirigentes una especie de mensaje encubierto en castigo divino al haber profanado el espíritu de los torneos de estos lados por cuenta de lo que a ellos realmente les interesa: los dólares.

Por eso fue una final única la del sábado: porque nunca antes se vio tanta improvisación, tanta decadencia y precariedad en un encuentro definitivo.