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Columnas 12/11/2019

El cuerpo de Cristo

“Los casos son atroces. “Siete historias, dieciocho sacerdotes denunciados por abuso sexual contra menores de edad, 27 víctimas y sólo dos condenas”, así inicia el prólogo del libro. Sólo con esa frase pasa un frío en todo el cuerpo”: Andrés Camilo Hernández

Luego de la controversia por el libro del periodista Juan Pablo Barrientos “Dejad que los niños vengan a mí”, debo decir que me causó una gran impresión, ansiedad y hasta morbo, el cómo buscan silenciar los escándalos más atroces de la iglesia. En ese momento pedí que me consiguieran el libro, ya que, debido a la controversia, se estaba agotando ese texto que movió fibras y que sacó a la luz pública un secreto a voces, de los más oscuros, de los que se hacen llamar seres de Dios: los curas.

Empecé a leerlo con la expectativa de qué me iba a encontrar, de descubrir cada una de las historias de menores que fueron violados y abusados psicológica y sexualmente por el sacerdote de cada una de las parroquias de los pueblos. Esa persona que para la sociedad conservadora es una figura respetuosa, pura, santa y quien tiene las puertas abiertas en cada una de las casas, sin saber que terminaría convertido en la persona que les haría tanto daño a sus hijos.

Perder esa virginidad que desde tiempos remotos es lo más sagrado, lo más divino, adorado, añorado, la prueba vivía de la pureza del ser humano, esa prueba de amor y fidelidad es arrebatada por quien todos los domingos le da con sus manos “el cuerpo de Cristo”.

Los casos son atroces. “Siete historias, dieciocho sacerdotes denunciados por abuso sexual contra menores de edad, 27 víctimas y sólo dos condenas”, así inicia el prólogo del libro. Sólo con esa frase pasa un frío en todo el cuerpo, como una figura que por años ha sido la más respetada en la sociedad, no solo de Colombia, sino del mundo. Capítulos como “Secretos de Confesión”, “Por unas cuantas monedas”, “El hombre con visa para pecar”, “El demonio y el telepredicador”, “Este es el cordero de Dios”, “Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa”, “Y líbranos del mal” son testimonios que cada uno de ustedes debería tomarse la dedicación de leerlos, analizarlos, comprenderlos, ver más allá de las cosas y entender que este no es un libro por leer, sino un libro que hace un llamado importante de casos que ocurren en todo el mundo.

Trae a colación el caso del periódico The Boston Globe en 2002, cuando este medio publicó una investigación que salpicó a cerca de 87 sacerdotes que habrían cometido abusos contra menores en la Arquidiócesis de Boston y que puso además al descubierto cómo el Cardenal y arzobispo Bernard Law, protegió a cada uno de los curas pederastas. Pero son más de cien mil casos de denuncias en el mundo, donde personas afirman ser abusados por sacerdotes o así lo señala ECA Global, organización dedicada a denunciar estos abusos.

Por un segundo en mi lectura quedé en blanco, pues me tomé la dedicación y el tiempo de leerlo en el pueblo donde viven mis abuelos, frente a la iglesia, viendo cómo salen uno a uno los niños que en ese momento estaban realizando la primera comunión y preguntarme, ¿será que un hombre que sabe que cometió un abuso a un niño puede entregar con tal tranquilidad el cuerpo de Dios, cómo si no pasara nada?

Con sus manos que tocaron, con sus labios que besaron, con su lengua que rozó cada uno de los pequeños rincones, hoy profesan los Santos Sermones, hoy levantan la copa con el vino que se convierte en sangre y ofrecen el pan que se convierte en carne de vida, “El cuerpo de Cristo”.

“No soy digno de que entres a mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme” fue lo que escuché cuando terminé de leer el último párrafo de este libro: “Las culpas hablan, los pecados te pueden alcanzar, los delitos que has cometido vendrán por ti, tal vez mientras duermes… Las grietas de la catedral han quedado expuestas”.

Mientras que seguimos pensando cuántos pecados guardarán debajo de las túnicas, solo puedo cerrar esta columna con este fragmento dicho por el autor: “Su figura infantil desaparece al final de la misa por la puerta de atrás, que suele comunica con la casa cural. Después de la última bendición no sabes qué pasará con él. Todavía huele a incienso”.

Sería muy torpe de la justicia intentar censurar un libro que nos muestra una realidad, con casos documentados, con entrevistas a altas instancias de la Iglesia en Colombia… Mientras nuestros niños son abusados, el castigo a los curas es trasladarlos a otras parroquias y allí, allí no podría decir quién será la siguiente víctima del pederasta.

PDT: Tarde tiempo y pido disculpas a los lectores de esta columna, ya que me tomé el tiempo para poder leer el libro, poderlo analizar en detalle y poderle llevar a cada uno de ustedes lo más importante de este texto, profundo, doloroso y como todas las rosas, con fuertes espinas que lastiman.

@AndresCamiloHR