Ciclismo y ciclistas

Por Nicolás Samper

Hablemos de ciclismo…

De nuevo el orgullo nacional brota: Nairo, el declarante serio y firme que combate contra todos para estar arriba en las grandes citas ciclísticas, incluso contra su propia salud, algo golpeada en los meses anteriores, y autocrítico cuando las cosas no salen bien; Rigo Urán, genial, desparpajado, capaz de emocionarse como un niño ante cualquier victoria que sume en el calendario, victorias que terminaron reencauchándolo y otorgándole esa confianza que parecía haberse extraviado; Esteban Chaves, el chino de sonrisa tatuada que está tocándole la cara a Chris Froome en las carreteras de España; Egan Bernal, solitario y silencioso pedalista que la rompió en el Tour de L’Avenir y que ya sabe que estará en el mismo equipo de Froome porque sus méritos propios lo han llevado hasta allí; Carlos Betancur, la otra cara de este deporte de esfuerzo sin igual que llegó a la meta de la sexta etapa de la actual vuelta con el maléolo externo del tobillo roto y hecho un nazareno por tantas heridas acumuladas tras una caída… Todos ellos son admirables. De verdad. Son tipos berracos en serio.

Ahora hablemos de algunos ciclistas…

Porque obvio, esta generación de ciclistas exitosos ha despertado entre muchos esa opción de poder tomar la bicicleta, así como los programas de alcaldías para motivar su uso, como medio de transporte diario y nada más plausible que eso. Varios amigos se le han medido al asunto y según ellos es una adicción. Me encanta por ellos, pero hay algunos desconocidos que tomaron esa opción de vida y que por su irresponsabilidad sobre la “bici” –cómo detesto que le digan así– merecen mi odio profundo. El otro día casi conozco a uno en el semáforo de la Séptima con 39, cuando salía de trabajar. Los dos semáforos que conectan la calle 39 con la carrera Séptima estaban en verde y entonces yo aceleré, no a velocidades de rayo, pero aceleré. Y sobre la Séptima este imbécil, este ser inferior pero con ínfulas de ser un ser superior porque monta en bici, no tuvo problema en birlarse la señal que regía para su camino, que era el rojo de su semáforo. No, al tarado no le importó: se lanzó y estuve a punto de atropellarlo. Después de frenar y maniobrar, el subnormal me miró mal, como si yo hubiera sido el infractor.

Los ve uno orondos, fuera de las ciclorrutas, sin casco, a velocidades de motocicleta, pensando que ellos –porque esta clase de sujetos les pasa eso– son intocables y moralmente superiores que el resto porque aportan al medio ambiente, porque tienen una vida feliz al no ser parte de los trancones y porque sí, porque montan en bici. Maldita sea esa palabrita de mierda: bici. Como si con la ternura que la pronuncian, montaran cicla. Esos que son así creen que tienen aval para atropellar gente, no cumplir con las normas e ignorar el principio básico de las reglas de tránsito: el tipo más importante en la vía es el PEATÓN.

Así como amo profundamente a los reyes del ciclismo, odio con todo mi corazón a esa raza de ciclistas de porquería, convencidos de ser seres de luz. De luz en verde aunque para ellos el semáforo esté en rojo.

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