Yo te voy a decir lo que pienso de tu teta

A Virginia Mayer no le gusta que una mujer amamante en público y acá nos explica por qué le molesta y le parece irónico que el pudor de muchas se pierda sólo cuando se trata de alimentar a su bebé.

Por Virginia Mayer

Muchas veces me he preguntado por qué me produce asco ver a una mujer que amamanta. Miro a mi alrededor y, cuando veo a una madre dándole de comer a su bebé, me siento incómoda. Siento asco. Y me pregunto, ¿por qué no puede buscar un espacio más íntimo para sacar la teta al aire? ¿Por qué no se cubre? ¿Por qué no hace el esfuerzo de darnos la espalda, a todos? Siento que me embuten una teta en el ojo y de inmediato miro hacia otro lado. No lo considero interesante, no me causa intriga, no me obsesiona, ni me quita el sueño. Es solo que me desagrada verlo.

Me causa intriga que es solo en este contexto en que muchas de estas mujeres son capaces de exhibir un pezón en público. Solo en el momento de alimentar a su hijo pierden el pudor. Y no lo entiendo, porque el pezón que alimenta es el mismo que podrían mostrar en una playa. Sin embargo pocas playas han visto pezones, porque al menos la mujer latinoamericana -la que nació y se crió en una cultura “tropical”- no se siente cómoda mostrando las tetas en público. Entonces, si es la misma teta, ¿cuál es el misterio? En la playa –aunque quisiera poder mirarlas e ignorar el horizonte donde el agua toca el cielo- sí las miraría. No miraría otra cosa. Pero es que no estamos en la playa, joder.

Para mí amamantar no es lo más normal del mundo. Mi vieja intentó –sin éxito- darme teta durante cuatro días hasta que se le infectaron los que resultaron ser pezones invertidos y ya no soportó el dolor tan salvaje. Nunca pudo alimentarme como le dieron de mamar a la mayoría de ustedes. Y tampoco la vi darle teta a mi hermano, porque el embarazo la cogió por sorpresa y no alcanzó a operarse. En mi vida eso nunca fue normal. Cuando la mamá de mis sobrinas amaga a sacar una teta, yo salgo corriendo. No tengo amigas cercanas que hayan tenido un hijo desde que somos amigas, y las que los tienen lo hicieron cuando ya no eran cercanas.

No me interesan los niños. No me entretienen y me aburren muy pronto. No me acuerdo de haber soñado despierta con ser mamá. Todo lo relacionado con bebés me es ajeno. Nunca he cambiado un pañal ni he dormido a un bebé. Cuando tuve la oportunidad de ser mamá, decidí abortar. Y a pesar de que tengo la mejor mamá que me pudo tocar, yo no quiero ser mamá. Amo a mis sobrinas quizá porque son hijas de mi hermano, a Lorenzo el León porque es fuera de serie, y a Eva porque es mi ahijada (lo intenté, pero no pude evitarlo).

Y se acabaron los niños en mi vida.

No estoy sola. Somos muchos a quienes no nos gusta ver el acto naturalísimo de una madre que alimenta a su bebé. Es que no a todos nos gusta y nos disgusta lo mismo. Y yo no soy una anormal. Si en esta tierra lo único anormal es que lo abduzca a uno un platillo volador. Y tampoco tengo complejos con mis tetas, que me parecen de ataque y aunque me mata que me las cojan follando, no soporto a los babosos que se prenden de mis pezones como perdidos en el tiempo, como chupando la teta de la madre que los parió.

Por: Virginia Mayer / @virginia_mayer

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