Delirios

Por Andrés Ospina

Aún sueño con una ciudad redimida de su malsano antropocentrismo. Aún creo que un día habremos de entender a la movilidad y los trancones como dos insignificancias más entre los muchos males autoinducidos por una especie y una raza hasta la fecha incapaces de contener desmanes y sobreexplotaciones. Aún quiero que el planeta inicie un sano proceso de despoblamiento y depuración y que dejemos de ser tantos, tan insolidarios, tan fértiles, tan libidinosos y tan irresponsables. Aún me aferro a la débil esperanza de presenciar un cambio antes de perecer. Aún defiendo el ideal todavía no visto de una civilización en la que sepamos mirarnos como iguales y no arrodillados ante aquel a quien se haga llamar jefe o patrón, o envanecidos por esa suficiencia que da el plantarse encima del resto. Aún voy tras la terapia redentora contra la psicorrigidez ajena y propia. Aún fantaseo con que aprendamos a vernos sin semejante desconfianza y así encontremos cómo resurgir de los despojos que tanta infamia nos ha ido dejando a medida que los siglos avanzan, como patrimonio residual. Aún encuentro medianamente posible que la humanidad deje de subclasificarse en dominados y dominadores. Aún soy confeso creyente en los poderes de la empatía. Aún disfruto barajando la posibilidad de que los ruines sientan, los estúpidos se curen y los burócratas recapaciten. Aún concibo la palabra como un poderoso agente de cambio y transgresión, con el potencial más contundente posible para alterar el orden de cuanto existe. Aún veo en el ciego patrioterismo un enemigo a abatir y en el egoísmo nuestra más segura condena. Aún encuentro posible una generación de líderes con más alma de guías que de gerentes y menos interesados en la “sostenibilidad de su modelo de negocios” que en el urgente respeto a nuestro entorno vivo. Aún suplico al destino que alguna vez nos confiera la sensatez para despolarizarnos el espíritu y dejar de rotular a las gentes como mamertos o como derechistas. Aún aguardo a que los vecinos digan “buenos días” y a que se despidan o saluden al irse o llegar. Aún persigo un antídoto cultural contra la amnesia colectiva y voluntaria. Aún veo factible un mundo donde el resto de animales alcance esa inmunidad que su sola existencia debería ya de entrada garantizarles, sin que mediara condicionamiento o penalización alguna. Aún anhelo una urbe amigable. Menos descreída. Menos resignada en términos estéticos, con la autoestima no tan deshecha, y consecuente con su compromiso histórico. Más orgullosa de sí y a la vez menos incapaz de autocriticarse o de adivinarse propensa al error. Aún dibujo en mi mente unos ríos navegables, unas aguas bebibles y un entorno desintoxicado. Aún supongo alcanzable un sentido de valor cívico capaz de acogerse a principios de autocontrol algo menos primarios que el pánico vulgar al castigo. Aún especulo con respecto a lo que sería habitar un suelo menos enojadizo y no tan propenso a la cólera mal entendida, de esos en donde “de política y de religión sí se puede y se debe hablar”. Aún supongo cómo será aquel momento cuando la mojigatería que sobre nuestras conciencias impera se despoje de su irracionalidad. Y sí… aún cultivo mis delirios… y por lo que me quede de días espero que otros y yo no dejemos de hacerlo. Quizá un día encontramos a quién contagiar.

 

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