Palabrerías

Por Andrés Ospina

Me obsesionan las palabras. Las que invento. Las conocidas y las que espero conocer y hacer mías. Las gratas. Las horrendas. Las profanas. Las piadosas. Las que conforman mi colección de favoritas. Las que por su musicalidad celebro: ‘ulular’, ‘titiritero’, ‘escribano’, ‘flagelo’, ‘bufón’, ‘murciélago’, ‘liquidámbar’, ‘inexorable’, ‘saltimbanqui’, ‘marioneta’, ‘púrpura’, ‘magneto’, ‘alquimia’. Las milenarias. Las recientes. Las que yacen adormecidas en diccionarios, aguardando a que alguien sin complejos se compadezca y las rescate. Aquellas con genealogía documentada y también aquellas imposibles de rastrear en su génesis.

Pronunciarlas es hacerlas existir. Un conjuro para invocar su presencia. De ahí que cuando alguna no me simpatiza, suela evitarla. Pocas veces digo ‘arrunchar’, ‘arrejuntar’, ‘caldo’, ‘escarapela’, ‘chuzar’, ‘churrias’, ‘almorranas’, ‘untar’, ‘yema’, ‘tetilla’, ‘chunchullo’, ‘roncha’, ‘pezón’, ‘molleja’, ‘costra’, ‘crepúsculo’, ‘ñoco’, ‘riñón’, ‘ahuyama’, ‘apoyo’, ‘placenta’, ‘verborrea’, ‘cabello’, ‘chancla’, ‘mondongo’, ‘hediondo’, ‘parcero’, ‘desparche’, ‘pailas’, ‘tinto’, ‘yarumo’, ‘peaje’ o ‘peatón’. Incluso tengo otras que, dado mi intenso grado de aborrecimiento, no me permito ni siquiera enunciar para efectos explicativos.

Mi aproximación al tema es enfermiza. De pequeño subdividía el mundo entre quienes decían ‘sacapuntas’ y quienes decían ‘tajalápiz’. Me harta el omnipresente ‘que’ del castellano –no más cuenten los trece de esta columna– y la obsesión hispanoparlante con los innecesarios ‘el’, ‘la’, ‘los’, ‘un’ y demás. Cuando decimos “yo vi un árbol”, incurrimos en obviedades. Con un simple “vi árbol” bastaría. Si dices ‘vi’, se presume que eras tú. Si dices ‘árbol’, deducimos que solo viste uno.

Las palabras delatan nuestra esencia íntima. Quizá por ello evado los coloquialismos ordinarios y la mayoría de obscenidades. En particular las escatológicas. Me asqueo cuando recomiendan recoger “los excrementos de tu mascota”, mientras que encuentro prudente y gentil cuando aluden, con diplomacia, a “los desechos” de la misma. Ello justifica mi terca renuencia a probar aquella dupla de manjares procedentes de nuestra gastronomía caribeña denominados ‘bollo limpio’ o ‘suero costeño’, en tanto me remiten a coprofagias y a soluciones intravenosas. Por motivos similares, tampoco como ‘sudado’. Nunca ‘orino’, ni muchísimo menos ‘meo’. Hago diuresis o ‘micciono’.

Como con mis amigos, soy remilgado al escoger mis palabras y me esmero en estudiar su historial antes de incorporarlas a mi horizonte personal de afectos. En cada una veo piezas únicas de arte y sociología. Construcciones mágicas que aprisionan ideas en forma de grafemas y sonidos mezclados. Insignias tipográficas. Por ello, y aunque la RAE enfurezca, prefiero el extranjerista stereo al hispanista ‘estéreo’, y también el smoking y el whisky al ‘esmoquin’ y al ‘güisqui’. Y abomino, cómo no, esos términos débiles, incapaces de andar solos. Me refiero a que todos los ‘albedríos’ son libres, todos los ‘meollos’ ‘del asunto’, todos los ‘gajes’ ‘del oficio’ y todos los ‘rabillos’ ‘del ojo’.

Venero, en contraposición, “el argot Plaza Sésamo” tipo doblaje mexicano. Me remonta al inmejorable recuerdo de una infancia perdida. Prefiero ‘emparedado’ a ‘sándwich’ y ‘malvavisco’ a ‘masmelo’. Pido ‘rebanada’. Nunca ‘tajada’. Si me ofrecen un ‘pastel’, lo imagino apetitoso y lleno de crema. Si me ofrecen ‘ponqué’ o ‘torta’, acostumbro rechazarlos. Por eso utilizo ‘pegamento’ y consumo ‘goma de mascar’. Por eso duermo en ‘recámara’ y sufro de ‘comezón’. Por eso hablo como hablo y escribo como escribo, inmerso en esta burbuja de palabrerías por las que de seguro quienes ahora terminan de leer –si lo lograron– me tildarán de baboso, vanidoso o rebuscado. Hasta el otro martes.

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