Heteronormatividad

Por Andrés Ospina

El término lo absorbí del colega argentino Enzo Maqueira. Alude al conjunto de patrones conductuales que imponen la heterosexualidad como norma y como única orientación aceptable de género. Me permitiré extender los alcances del concepto, ya discriminatorio, a esos cánones de comportamiento straight metidos en nuestra inconsciencia colectiva mediante la vía del prejuicio heredado. Durante estos párrafos llamaremos ‘heteronormatividad’, entonces, a aquellos imaginarios sociales relacionados con lo que en circunstancias ideales se esperaría unánimemente de una hembra o un macho humanos y normales.

Colombia es ‘heteronormativa’. ¿Ejemplos? Hay desde elaborados hasta idiotas. Los siguientes son fruto de mi experiencia masculina, aunque está claro que tales códigos etiquetan por igual a unos y a ‘otras’… Aún hoy muchos condenan que un caballero se pinte las uñas de negro, escoja determinados peinados, vista pantalón colorido, que se cuelgue pendientes o que cultive rutinas de autocuidado estético o vanidad distintas a las tolerables según el consenso nacional (y nótese que hasta el momento solo tocamos aspectos cosméticos y accesorios). El chiste aquel de: “¿Y donde compró esa camisa no vendían ropa de hombre?” constituye una clara manifestación de dichos arquetipos.

Es un hecho sociolingüístico: en determinadas regiones del país el tuteo entre varones constituye motivo suficiente como para que algunos lleven al entredicho la sexualidad del interlocutor. Yo, que por convicción trato de ‘tú’ a todos y todas sin distingo (¡qué incluyente me salió!), he sido objeto de tan infundado dictamen. En el plano profesional, ya podrán imaginarse cuánto preocuparía a unos cuantos que “el hombre de la casa” decida hacerse decorador de interiores o estudiar preescolar. En el familiar hay quienes no consienten que sea el varón del binomio quien se ocupe de menesteres domésticos y alimentarios o quien reciba un salario inferior. O que, en el ámbito ritual, un par de amigos se saluden (a la usanza de otras tierras) con un fraterno beso de mejilla, abrazo o mediante cualquier otra muestra física de afecto inadmisible entre señores decentes, según el pensar de tantos trogloditas que nos rodean.

La única vez que compartí algunas cervezas con Jaime Garzón recuerdo haberle oído decir que por regla en Colombia a los niños varones suele castrárseles la sentimentalidad. “¡Los hombres no lloran!”, “pareces una nena” o “te ves gay” (cual si estas dos últimas condiciones fuesen desperfectos), son solo dos de las consignas que nos inculcan desde el preescolar y que luego nosotros legamos, como enfermedades de ‘transmisión verbal’, a quienes nos suceden.

Por fortuna me siento liberado de semejantes absurdeces. Crecí entre mujeres y lo agradezco. Me ufano de haber sido metrosexual antes de que el metrosexualismo fuera palabra y no tengo problema alguno en apreciar desde lo contemplativo la estética masculina, lo que no implica que por ello esté en búsqueda, disposición o disponibilidad de tener interacción íntima con quienes para su fortuna y mi envidia la ostenten. De hecho desconfío de aquellos que aunque como yo heterosexuales se declaran incapaces de apreciarla. Y sí… lo confieso: por años usé secador, en épocas siniestras de mi existencia sometí mi pelo al ‘aliser’, no me avergüenza llorar con una película, me permito sin pudor conmoverme hasta con un comercial televisivo y disfruto de abrazar a amigos y amigas sin distingos y en forma compulsiva, entre muchas otras perversiones, aunque las regulaciones ‘heteronormativas’ me releguen a la hoguera.

 

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