Bogotá con sol

Por Adolfo Zableh

Yo prefiero a Bogotá nublada que con sol, toda la vida. Y no me malentiendan, nací en Barranquilla y me encanta el sol (no hay de otra), pero de lejos. Es como ver un partido de fútbol: los hinchas, la cancha, el estadio, la salida de los equipos, el ambiente. Todo maravilloso, pero por televisión.

Pero estos no son días nublados en la capital. Desde hace ya un par de semanas el sol se tomó esta vaina. Y aunque no me amarga, sí preferiría unas cuantas nubes en el cielo. Razones, varias, pero en términos generales Bogotá no es una ciudad hecha para los extremos climáticos. Si llueve se inunda y sus calles colapsan (ni qué decir cuando cae granizo) y si hace sol hace un calor del infierno, nunca antes mejor dicho, con eventos que incluyen incendios forestales. Por eso nublada es su estado perfecto, seca, pero fresca.

Y es bonito ver el cielo así, limpio, de un azul intenso que parece creado en Photoshop, lo que no me gusta son las consecuencias. A mí denme sol al amanecer, en la playa, en el desierto, en tierras por debajo de los 1500 metros de altura, en el verano y en los días claros y fríos de invierno de los países con estaciones. En todo lo demás, sobra. Y aunque el sol hace ver todo mejor e invita a la vida, andar por Bogotá con un clima así puede ser una tortura, porque la mayoría de la gente sale a las siete de la mañana, cuando hace frío, y vuelve a las seis de la tarde, con frío también. Lo malo es que entre una hora y otra suda como loca porque esto se vuelve Cartagena, haciendo que sacos y chaquetas se vuelvan un encarte. Y por mucho que suba la temperatura, salir sin ellos no es una opción. Por eso, cuando en Bogotá sale el sol me quedo en la casa y lo miro por la ventana.

La temperatura de Bogotá en verano marca seis grados en la madrugada, nueve a las siete de la mañana, 23 a la una de la tarde y 15 a las seis, todo muy loco. Y más porque por la altura 23 grados parecen 30. Bogotá, 2600 más cerca del sol. De niño no soportaba el calor de Barranquilla y lo mejor de que a mi padre lo trasladaran para acá no fue pasar de una ciudad mediana a una grande o mejorar la calidad de vida, sino vivir en el frío, un otoño permanente, nada que ver con estos resplandores de ahora.

Lo bueno es que no será para siempre. El clima es de rachas y hace un año penábamos por un posible apagón nacional por la sequía, todo para volver a las lluvias meses después. En diciembre cayó agua cuando se suponía que debía ser seco y hasta hace menos de un mes los diarios, incluido este, reseñaban en sus páginas el inesperado invierno. El clima está loco, se sabe. Pasa también en mi ciudad natal, donde las acostumbradas brisas de fin de año se mudaron para febrero.  

Otro de los efectos del sol en Bogotá es que las personas ya no solo reseñan por redes sociales los atardeceres, sino que a mitad del día pueden colgar en Instagram una postal del cielo azul muy parecida a esta que acompaña la columna, como si fuera el gran acontecimiento, vaya uno a saber por qué. Otros preferimos escribir al respecto, que tampoco es que sea la gran proeza. Sí, el clima está loco, pero no más que la gente.

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