Donald Trump, el mellizo satánico de Homero Simpson

Virginia Mayer hace con angustia una mirada a lo que han dejado los primeros días de gobierno de Donald Trump en Estados Unidos.

Por Virginia Mayer

Siempre he creído que no tengo patria. Nací en New Jersey, Estados Unidos, me crié en Montevideo, Uruguay -donde vivimos once años- y hace cinco vivo en Bogotá. Antes había vivido aquí seis años, y antes de eso once meses. En EEUU es donde más tiempo he vivido, pero como me criaron moviéndonos tanto, nunca llego a vivir a un país pensando en que será para siempre.

Nunca me sentí hija de ninguna nación, lo que quizá explica mi absoluta apatía a la hora de decidir que no me involucro en política. Yo no voto. Y el activismo organizado no solo no me inspira, me produce escozor. Pero mi poco conocimiento de la política gringa me permitió desconfiar de Hillary Clinton, no hubiera votado por ella. No le presté atención a su campaña y tampoco a la de su contrincante por asumir que ganaría ella, pues él era un payaso satánico y despeinado.

En mi cabeza no cabía la posibilidad de que alguien pudiera votar por él, así esa persona careciera del privilegio de una educación decente. Imposible. Cualquiera que tuviera acceso a un televisor, o a internet, conocería al candidato del Partido Republicano. Para mí, votar por él era como votar por Homero Simpson. Simple. O sea, sentido común, ¿o no?

Pues no, ganó el bufón, ese perpetuo hazmerreír. Y creo que se debe al efecto Obama, que para mí consiste en que un país donde no ha desaparecido el racismo, reaccionó a los ocho años de un presidente negro votando por el candidato anaranjado del discurso más racista y lleno de odio que pudieran imaginar. Y ahora no solo lo está padeciendo su país, lo padece el mundo entero.

Llevo días llorando con cada noticia sobre las atrocidades que no deja de cometer el nuevo Presidente, y con cada una de las protestas que no parecen cesar. Lloro porque veo que mi país está sufriendo, está asustado, ansioso, angustiado, aterrado. Lloro con honda tristeza y me doy cuenta de que sí tengo una patria. Mi patria es Estados Unidos, y me arde el alma porque el país que gobierna ese energúmeno no es el que me enorgullecía, porque está acabando con años de avances en materia de derechos humanos en cuestión de días.

Me niego a oírle la voz, no soy capaz, aún no puedo creer que el mellizo satánico de Homero Simpson sea el Presidente del país más poderoso del mundo. Ese alcornoque, mequetrefe, patán, fariseo, cafre, cretino, descerebrado, gaznápiro, fantoche, ese títere del partido Republicano no es mi Presidente, y mi bandera gringa seguirá colgando bocabajo en la pared de mi cuarto hasta que termine su gobierno, o hasta que de alguna manera lo imposibiliten –a él y a su partido- para seguir cometiendo devastadores horrores.

Por Virginia Mayer / @virginia_mayer

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