¡Nos robaron!

Por: Andrés Ospina @elBlogotazo

Por Andrés Ospina

Uno acostumbra almacenar su colección personal y diversa de excusas adaptables, para pronunciarlas cuando haga falta. Con los pueblos sucede igual. Colombia lleva dos siglos repitiendo y creyéndose las suyas, aplicables a toda instancia política, deportiva, religiosa, laboral, económica y demás ámbitos de nuestra existencia republicana. “Nos robaron”. “Era gol de Yepes”. “Faltaron cinco pal peso”. “Se acabó el año y no hicimos nada”. “Lo del pobre es robado”. ”Jugamos como nunca y perdimos como siempre”. “El que no los hace los ve hacer”. “Motivos ajenos a nuestra voluntad”. “Fallas técnicas”. “Dimos papaya”. “Eso ya estaba arreglado”. “Somos de malas”. “La candidata colombiana era más linda”. “Mi Dios así lo quiso”.

Fórmulas exculpatorias, pretextos-comodines y mantras lastimeros que, sumados a los miles más que hemos sabido ingeniarnos, llenarían centenares de columnas y que por tradición incorporamos al inconsciente colectivo desde la cuna. Lo anterior a propósito de lo siguiente… El domingo –y quienes me conocen saben cuánto abomino los días finales de cada semana– fiel a mi genética y mis ancestros me consagré con mi amada a contemplar el certamen internacional de la belleza universal femenina edición 2017 vía TNT. Además, fácil es suponerlo, a esperar con curiosidad el lugar ocupado por la ‘niña’ de mi país en dicho escalafón. A propósito… aún no entiendo por qué en la jerga de reinas se estila llamar ‘niñas’ a mujeres ya crecidas.

¡Cómo traicionar mi lealtad generacional a aquellas eras cuando Susana Caldas, María José Barraza, Paula Andrea Betancourt o Paola Turbay paralizaban la nación por entero y conjeturábamos con infinita preocupación respecto a sus opciones dentro el ramillete de participantes! Otros tiempos, sin duda. Traigo el tema al ruedo, no porque la frivolidad esté tomando posesión de mí o porque pretenda emular a don Poncho Rentería sino porque –con todo y lo mucho que nuestro país se encamina hacia el retroceso en tantos y tan lamentables ámbitos– en cuanto a dimensionar el peso de eventos como aquel anacronismo llamado Miss Universo, pareciera haber avanzado meritoriamente.

Desde el comienzo de la transmisión, mi espíritu estaba predispuesto al consabido “qué injusticia” como colofón de la jornada. También a la sarta de berrinches otrora ineludibles en circunstancias como aquellas y tierras como estas. Pero no fue así. En los setenta u ochenta, de seguro ante una victoria en Miss Universo como la de 2014 nos hubiéramos volcado en masa y alborozados a pitar y desfilar todos unidos por avenidas provincianas y capitalinas trepados en automóviles, autobuses y busetas, aprovisionados de Maizena en una mano y de aguardiente en la otra, para así ovacionar a la galardonada, quien a su vez luciría su aparatosísimo traje de gala y dispararía besos desde algún camión de bomberos con sirena y equipos luminotécnicos centelleando, en un estrépito ensordecedor.

La parquedad presente es, a mi parecer, síntoma esperanzador. Ni una protesta. Ni una queja acomplejada de las de antaño por la injusta tercería en el podio. Reconozcámoslo: mejor una nación autocrítica que una autocompasiva. ¿Verdad? ¿Y qué si extrapoláramos ese buen hábito a otros terrenos algo más relevantes? Mejor entendernos como los principales responsables de nuestros aciertos y nuestras desdichas. Mejor reducir las intrascendencias como esta a sus razonables dimensiones. Mejor examinar nuestro interior y tener la dignidad de admitir y corregir nuestras numerosísimas fallas que seguir recitando disculpas bicentenarias.

*Las opiniones expresadas por el columnista no representan necesariamente las de PUBLIMETRO Colombia S.A.S.

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