Obstinato

Por Andrés Ospina

Twitter: @ElBlogotazo

Por estas tierras todo pareciera encauzarse de manera natural e irremediable hacia caminos ruines y dolorosos. Pero con todo y tanto para descreer, me obstino en seguir creyendo. ¿Mecanismo de supervivencia, candidez o desvarío? Quizás una mezcla. Aun así, me planto en mi convicción, aunque el porvenir se tiña de opaco a cada segundo, sembrado de motivos para dudar.

Alucino con lo que ocurrirá cuando estos latifundios de la motosierra y el corte de franela resuciten de su letargo y dejen de ser latifundios. Una vez paremos de autocomplacernos, empachados de aguardientes, de ‘ayquéorgullosomesientos’, de estereotipos turísticos y chivas, de slogans realistas-mágicos, de sombreros vueltiaos de cartón y de percepciones amañadas sobre la amabilidad, la malicia y la tal ‘berraquera’ que evidentemente no tenemos tanto, pues nos emboscan violentos, tramposos y trogloditas impuestos a golpes, a engaños o a balazos.

Me pregunto cómo lucirá este suelo una vez la mojigatería y el antropocentrismo se nos curen y sepamos que la especie humana no es núcleo de nada, salvo de su propia vanidad. Que hacemos mal propagándonos con semejante descontrol y destruyendo la vida que nos queda en obediencia a absurdos, ya sean estos biológicos, sociales o religiosos. Me cuestiono sobre el país que seremos cuando dejemos de festejar lo felices que somos o aquel nunca avalado subcampeonato de nuestro himno. Cuando se nos extinga el pretexto de las minorías unidas por la crueldad como bandera, solo para torturar a otros animales en circo público. Cuando comencemos a mirarnos con confianza y amabilidad, como iguales, y no cual si en cada prójimo hubiera un potencial estafador o, todavía peor, un potencial ‘estafable’. Cuando decidamos no disponer nuestros odios al servicio de ambiciones o pleitos ajenos, como borregos. Cuando nuestras raíces dejen de acomplejarnos.

Sueño escenarios distintos. Que las palabras valgan hasta el grado hoy impensable de convertirnos en un pueblo veraz y puntual, que si dice “a las cinco” llega a las cinco y no a las cinco y veinticinco. Que si promete pagar en quince días lo hará en quince y no en treinta o en ciento veinte. Que nos sepamos valiosos basados en argumentos creíbles y por fin contemplemos con objetividad nuestro pasado, si no para reverenciarlo, sí para respetarlo. O, más útil… para no replicarlo con tanta torpeza.

Y sí… Creo y continuaré creyendo. Por ese puñado de pacifistas que acamparon para pedir reconciliación. Por los animalistas, los ecologistas y los que saben que “de política y religión sí se puede y debe hablar”. Por quienes aún vemos en la palabra un instrumento de transgresión y cambio. Por los empáticos que ven asomarse la angustia o el dolor ajenos. Por aquellos a quienes aflige alguna preocupación más allá de su horizonte de intereses y problemas personales. Por idealistas como Álvaro Castillo Granada, mi amigo librero. Por gentes de todos los días en las que adivino sonrisas salvadoras, generosidad o almas limpias. Por los que prefieren apostarle a cualquier cosa que no sea guerra. Por esos que defienden el planeta incluso en contra de esos otros que visten su codicia autodestructiva con ropajes falsos de progreso. Por esos que con todos los pronósticos, el árbitro y hasta la muchedumbre en contra persistimos en esta obstinación mal-llamada Colombia. Y me acompaña la certeza de que otros comparten mi patología. ¿Deliraré?

*Las opiniones expresadas por el columnista no representan necesariamente las de PUBLIMETRO Colombia S.A.S.

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