¿Quién tiene la razón?

Por Zalman Ben-Chaim

Todos hemos tenido discusiones, de hecho muchas veces suelen ser mucho más frecuentes de lo que nos gustaría, y aunque parece ser que existe cierto tipo de personas que disfrutan creando discordia para que todos peleen con todos, lo cierto es que la gran mayoría de veces nos vemos inmersos en ellas sin querer estar allí, como resultado de una mala elección de palabras, por desconocer un panorama más amplio de cierta situación o, sencillamente, por miedo a que las cosas cambien y no podamos manejarlas, ante lo cual muchas veces pensamos que es mejor crear una discusión y con esto distracción y confusión antes de afrontar las cosas.

Y tan común como resulta tener discusiones, es el hecho de creer (para la gran mayoría de personas) que se tiene la razón y todos los demás se equivocan, casi como si en esos momentos, en los que la temperatura sube y se empieza a calentar el ambiente, también llegara con la misma velocidad una luz divina que les llena (a ambas partes) de aquel don místico que les permite saberlo todo, entenderlo todo y tener la verdad absoluta frente a la discusión. Todos, en algún momento, nos hemos sentido así, incluso hay quienes sienten cómo se incrementa un poco más su poder levantando el tono de voz e insultando a la persona con quien están discutiendo.

Lo curioso es que quien levanta el tono, habitualmente hace que disminuya el poder de su argumento, aún si fuese cierto o válido, quienes le escuchan solo fijarán su atención en el tono, dejando de lado el mensaje y haciendo que las diferencias se profundicen más (de ahí que la mayoría de políticos hablen a los gritos, ya que sin ideas que plantear solo les quedan algunos gritos que mostrar). Además hay que tener muy claro, precisamente, que no es ningún don místico y que nadie es dueño de la verdad absoluta, que todo es tan subjetivo como el observador y sus ideas o prejuicios, por lo cual toda esa energía y poder que podemos llegar a sentir en medio de una discusión suele ser tan solo una simple y muy primaria manifestación de nuestro orgullo.

No somos un roble para que nada nos afecte, ni tampoco inmunes a que las cosas nos molesten o no nos gusten, de hecho es maravilloso que podamos tener puntos de vista y esos no concuerden con el resto del mundo en muchas cosas, porque quiere decir que tenemos el carácter y la sensatez para crear nuestro propio juicio y criterio, pero tampoco podemos permitir que nuestro orgullo nos deje ciegos en medio de una discusión. Es importante que nuestro foco esté siempre en poder encontrar una solución, dejando de lado cualquier otro distractor (llámese orgullo, incompetencia, desconocimiento, mal humor, etcétera) para que luego de encontrarla y aplicarla, podamos hacer un análisis de lo que pasó, encontrar la manera de que situaciones como esas no vuelvan a ocurrir y en ese punto si tratar de ver, casi de manera anecdótica, quién tiene o, mejor, tenía la razón.

*Las opiniones expresadas por el columnista no representan necesariamente las de PUBLIMETRO Colombia S.A.S.

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