Nombres feos

Por Andrés Ospina

No pretendo convertir estas líneas en vitrina para una voz apátrida más. Pero aun así me impulsa el imperativo periodístico de ser honesto: a mi juicio, junto a la violencia, la amnesia colectiva y la desigualdad, un problema endémico para nuestra sufrida nación lo constituye su pésimo gusto, sus miras cortas en términos mercadotécnicos y su incurable postración estética. Hoy me remitiré a un ámbito de la invención humana casi siempre olvidado: los rótulos que escogemos para bautizar productos, ‘razones asociales’ o alimentos.

El asunto nos viene de cuna, pues entre los desatinos nacionales de corte fundacional se cuenta el habernos denominado, ya durante tiempos republicanos, ‘Colombia’. Si bien parecería en principio honroso que nuestro país evoque al mayor navegante de la historia, también es casi un hecho histórico verificable que el almirante Colón jamás tocó suelo neogranadino. De desaguisados semejantes hay innumerables ejemplos, a sabiendas inconexos.

Con el respeto del que sin duda es merecedora la entidad en cuestión por su inobjetable aporte al control demográfico y la salud reproductiva en predios capitalinos, encuentro un despropósito reprochable haber llamado a la estación de TransMilenio de la calle 34 ‘Profamilia’, en lugar de ‘Teusaquillo’ –término emblemático, autóctono y ancestral que ameritaría perpetuación–, una muestra inobjetable de nuestra falta de donosura y poesía.

En materia deportiva el panorama no se adivina menos repelente. Sin querer denigrar del glorioso balompié vallecaucano… ¿a quién se le ocurre escoger para un equipo el insaboro acrónimo de ‘Cortuluá’, tan despojado de gracia, y más bien propio de una caja de compensación que de un combinado futbolístico? ¿Qué tal el Rionegro Águilas Doradas… más digno de ensamble de mariachis que de aquello que en efecto representa? ¿En qué pensaría el creativo encargado de dar identidad al conjunto bogotano de baloncesto cuando optó por Los Piratas, en una ciudad no costera? Más consecuente habría resultado ponerles ‘Los Cachacos’ o ‘Los Rolos’. ¿No?

En materia gastronómica los desaciertos abundan. No soy publicista, pero pese a la recordación que el personaje y propietario del establecimiento en cuestión representa, encuentro un tanto contraproducente nombrar un expendio de comidas Don Jediondo. Lo mismo opino, y que me perdonen los oriundos de nuestro litoral Caribe –a quienes quiero y respeto y cuya arepa de huevo venero– sobre titular ‘Narcobollo’ a un restaurante. Si ya las dos sílabas finales nos disparan asociaciones escatológicas que para muchos hacen del condumio en cuestión algo indigerible, el ‘narco’ lo criminaliza. En el mismo sentido jamás me he permitido degustar el ‘suero costeño’ debido al simple e irreversible hecho de llamarse así. De hacerlo, me sentiría consumiendo Pedialyte en presentación crema. Algo similar me acontece con Colanta, que suena más a antiácido o a colada que a fábrica láctea. Aunque, seamos incluyentes, dicho mal también toca a algunos comestibles del interior… ¿No es, después de todo, un tanto incómodo decirle ‘sudado’ a un plato?

En terrenos farmacéuticos, los yerros sobreabundan. Etiquetar un medicamento contra las hemorroides como Anuice disuade hasta al más valiente de comprarlo. Registrar uno contra náuseas como Mareol equivale a designar uno contra la indigestión como ‘Vomitol’ o ‘Diarreol’. O a un anticonceptivo ‘Preñol’. Como siempre los casos son muchos y las líneas pocas, así que invito a quienes ahora lean a aportar otros. ¿Se les ocurren algunos? Hasta el martes siguiente.

*Las opiniones expresadas por el columnista no representan necesariamente las de PUBLIMETRO Colombia S.A.S.

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