El valle de Cocora

Por Andrés Ospina - @ElBlogotazo

Por Publimetro Colombia

Todavía mis proletarias manos no han tocado un billete de cien mil. La cifra contradice con su precariedad el monto representado. Cien mil pesos colombianos equivalen a cochinos treinta y tres dólares… otra muestra de cuánto hemos involucionado en cuestiones cambiarias. Si aludo al papel moneda de más escandalosa denominación lanzado por el ente emisor, no lo hago conmovido con la efigie de Lleras. Me inspiran, más bien, las treinta palmas de cera expuestas en su reverso, enmarcadas por el poema de Vidales, quien las compara con un “cohete que sube al cielo y estalla en el estrellío”.

Hablo del árbol nacional. Ese mismo bautizado por Von Humboldt como Ceroxylon quindiuense. A quienes no hayan tenido el honor de disfrutarlo en toda su espigadísima exuberancia, les recomiendo hacerlo. Lo dice alguien que por genética y alma puede considerarse igual de bogotano que de calarqueño: un lugar sin parangón dentro de la geografía americana lo constituye el Quindío… con sus Peñas Blancas, sus casas de guadua, su forcha espumeante, sus patacones con hogao, sus chalets, sus chambranas, su mariposario, su valle de Maravélez, sus Willis de plaza, sus empanadas de cambray, sus gentes amables, sus reminiscencias de guaquerías y heroísmos y su manto vegetal, sembrado de plátano y café; pero, sobre todo, con su valle de Cocora, en Salento, bosque donde dichas palmeras crecen por miles, bajo la custodia del lorito orejiamarillo.

Unas lecciones históricas: en 1553 Melchor de Valdés levantó camino real de Santafé a Quito. Entre los tramos deshabitados estaba la Hoya del Quindío. Así se mantuvo por siglos. Hacia 1842, Alcántara Herrán fundó la prisión de Boquía. Los alrededores ya constituían una barrera natural que disuadía de escaparse a los reclusos, dedicados a preservar la vía. Para 1865 el caserío cambió su nombre por el de Nueva Salento y se convirtió en aquel magneto que atraería a infinidad de colonos capaces de cristalizar el milagro de habitar lo inhabitable. De ahí el monumento al hacha de Henao Buriticá, por ese entonces emblema de progreso, aunque hoy luzca a depredación.

A nuestra nación no le ocasiona culpas pisotear sus símbolos. Ocurrió con el cóndor y con Panamá, orgullos ahora solo visibles en un escudo patrio que más parece ironía. Hoy las mineras Morena Minerales y Anglogold Ashanti se presentan como beneficiarias de legítimos títulos de explotación aurífera en la región. Si bien voceros de la segunda firma aseguraron haber renunciado a estos, lo anterior no minimiza la responsabilidad que implica para las “entidades incompetentes del caso” haber conferido autorizaciones a semejantes exabruptos. Con mayor razón cuando el paisaje cultural cafetero lleva puesto el rótulo de patrimonial.

En estos tiempos de insensibilidades, ‘ordoñismos’ y ardides para hacer legal la infamia, conmovió la movilización masiva vía www.change.org promovida por Tatiana Herrera, personera del municipio, alrededor del asunto. Pero también constituye una señal de alerta, pues visto está que la dirigencia anda parcelándonos el territorio en pos de tesoros qué destrozar, ante nuestro desinterés, conducente a la desinformación. Descuidarnos sería suicida. Me despido, citando a Manuel María Mallarino Ibargüen, quien tras recorrer la zona sobre los lomos de un carguero lo expresó con la debida contundencia: “¡Ser eterno!, el desgraciado que te niegue, venga al Quindío en una noche tempestuosa y dude después, si puede”.

*Las opiniones expresadas por el columnista no representan necesariamente las de PUBLIMETRO Colombia S.A.S.

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