Amor Gato

Por Andrea Padilla Villarraga

Por Andrea Padilla Villarraga*

El 20 de febrero se celebró el Día Internacional del Gato. El origen de esta fecha no es nada extraordinario, pero vale la pena aprovecharla para rendirle un homenaje a su motivador. Permítanme hacerlo evocando una historia personal.

El 13 de mayo de 2003, a mis 23 años, tuve un encuentro que cambió el rumbo de mi vida. Esa noche al llegar a casa me topé con dos orejas diminutas, asomadas entre una manta, a las que le siguieron dos ojitos endiablados y un miau que me desarmó. Era la gata que mi pareja de entonces venía insistiendo en adoptar, pese a mis rotundos “nos” nacidos de la ignorancia. Como si hubiera sabido que yo era la terca de esa dupla, Mayo se dedicó a enamorarme. Pronto me adoptó. También, supe que mi misión era con ellos y que los gatos serían, en adelante, mi contacto más cercano y permanente con la vida que hoy defiendo.

Mayo tenía la costumbre de olfatearme la cara cada mañana y parpadear mirándome a los ojos apenas le regalaba mi primera sonrisa. La llamaba de mil maneras cariñosas y a cada una de ellas respondía con suaves quejidos y un repertorio de sonidos que me ponían a mil el corazón. Tenía el hábito de esperarme a la salida de la ducha. Su afán era envolverse entre mi toalla y disfrutar de la consabida sesión de besos a la que nos entregábamos cada día. Mayo, como todos los gatos, era una chica de pequeñas rutinas que no obstruían, en absoluto, su asombro ante la vida e insaciable curiosidad.

Ella también encantaba mis horas de trabajo. Se sentaba tras el computador a mirar por la ventana y me regalaba parpadeos que a veces combinaba con un roce de sus mejillas contra las mías y la ofrenda de su panza tumbada hacia el cielo. La invitación que venía con ello era a olvidarme del mundo y entregarme a la paz de su ronroneo. Por supuesto, también tenía sus momentos de locura y desenfreno. Pero sus impertinencias no eran más que la confirmación de estar compartiendo mis horas con un ser inteligente, autónomo y vital.

Mayo, como todos los gatos, honraba su domesticidad arrebatadamente tierna y adaptada a mi rutina, a la vez que mantenía su ferocidad en los gestos de cazar (ratones de peluche), perseguir moscas, crujir los dientes al paso de un ave y desplegar acrobacias extraordinarias que me hacían lamentar no tener más para ofrecerle.

Sin embargo, fue su presencia siempre alerta lo que más me cautivó. Su capacidad de vivir en el presente y entrar por momentos del día como en estados de meditación, me ayudó a apaciguar la locura que para entonces me asaltaba por el descubrimiento del holocausto que sufren los animales en el mundo. Su amor de gato me transformó.

Confieso que adoré a Mayo con locura. Tras su muerte prematura llegarían nuevas maestras; esta vez de a dos.

A quienes rescatan gatos o han abierto sus vidas a esta versión del amor.

* Estudiante del doctorado en Derecho de la Universidad de los Andes y vocera en Colombia de AnimaNaturalis Internacional.

Las opiniones expresadas por el columnista no representan necesariamente las de PUBLIMETRO Colombia S.A.S.

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