‘Call centers’

Por: Andrés Ospina / @ElBlogotazo

Por Andrés Ospina

Entre las muchas y muy molestas variables posmodernas de infiltración en la privacidad ajena y despersonalización, mi corazón siempre reservará un trono para las llamadas recibidas mediante eso a lo que nuestra pretensión de bilingüismo insiste en rotular como call centers.

Me refiero a aquellos espacios en donde nunca he tenido la desgracia de entrar, pero en cuyos cubículos adivino un contingente de vendedores, cobradores o asesores acantonados y armados de diademas, con el único y casi siempre vil propósito de incrementar los dividendos de la firma contratante.

Ello cuando no se trata de alguna modalidad de teletrabajo engañosa al servicio de reprimidos y fetichistas y consagrada a la contestación de líneas calientes con gemidos express o servicios astrológicos, atendidos desde el hogar del involucrado. Cual si no fuera un hecho que la belleza y sex-appeal de la voz humana tiende a operar en inversa proporción al físico de quien la ostenta.

¿Quién con algún dispositivo móvil o fijo de comunicaciones a su haber no se ha visto abocado a la desdicha de soportar la retórica robotizada y secretarial de determinada(o) telefonista o ‘telefonisto’ con su tono de acoso gentil en sábado, domingo u horas inhábiles? Espero que –por su espíritu incluyente– el anterior comentario amerite las simpatías de género de madame Florence.

Son los empleados de tales establecimientos individuos con características heterogéneas que cubren desde gélidos expertos en gestión de cobro telefónico –diplomado ya incluido en el pénsum de algunas entidades de educación superior del corte Garatec– hasta menesterosos teleimpulsadores.

Hablo de aquellos seres con discurso recitado, guion memorizado, frivolidad a prueba de sentimentalismos y franjas horarias impertinentes cuya perorata suele iniciarse con el consabido “¿con quién tengo el gusto de hablar?”, continuar con “el día de hoy queremos ofrecerle” o –todavía peor– “el motivo de mi llamada ES para contarle” –con exabrupto gramatical incluido– para luego derivar en el predecible “recuerde que habló con Paola Salcedo, ejecutiva comercial de ETB”. Los cobija el don sobrenatural de buscarnos en el peor de cuantos momentos sean posibles.

Lo anterior en comunicaciones establecidas con fines mercadotécnicos. Porque en lo concerniente al mencionado cobro, los escenarios se dibujan todavía más apocalípticos… Nada tan desapacible como el funcionario del departamento de cartera de alguna despiadada megacorporación indagando sobre nuestro retraso en el más reciente pago al cableoperador o de cierto crédito fácil al que nuestra iliquidez incurable terminó empujándonos.

Por cierto: una acotación pluriétnica… No tengo nada contra nuestros fraternos amigos del Valle de Aburrá, pero me resulta preocupante que ante la heterogeneidad de acentos disponibles por estos andurriales, la única opción audible al consultar los servicios al cliente de Tigo o Bancolombia sea el envigadeño arrastrado, cuando tan bien nos vendría deleitarnos con voces de los litorales, altiplanos centrales, valles azucareros, llanuras o del montañoso sur.

Máxime cuando al preguntar por la sucursal de Puente Aranda las damas en cuestión acostumbran no entender a qué nos referimos, pues en su mente solo son conmutables El Poblado, Manrique, el Boston o, si acaso, Itagüí. Sería muy oportuno implementar una política de contratación menos endogámica, multiregional e incluyente. Ya con el espacio agotado, no me queda más que invitarlos a ustedes, honorables lectores, a compartirnos sus conceptos sobre los ya denunciados despropósitos. ¿Les suena?

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