Terror

Por Nicolás Samper

La explosión sería fatal. El plan estaba listo para que el Mundial de México se tiñera de sangre. Un comando armado, dicen que ayudado por Carlos Ilich Ramírez, el famoso terrorista venezolano conocido como ‘el Chacal’, estaba listo para dar un golpe muy duro al estado de Israel: eliminarían no solamente a su equipo sino a gran parte de los fanáticos que se iban a reunir para ver el partido Uruguay-Israel, que abriría las acciones del grupo B de aquella copa.

De acuerdo con el plan, habría en varios lugares del estadio Cuauhtémoc de Puebla cargas explosivas lo suficientemente potentes como para causar una tragedia jamás vista en una cancha de fútbol. La leyenda cuenta que alguna comunicación terminó siendo interceptada y que alguien se dio cuenta de la hecatombe que estaba gestándose. Las fuerzas del orden le habían dado un gran golpe a los terroristas que igual, a pesar de que el destino les había marcado fichas negras, como hubiera cantado Leo Marini, prometieron que el mundo se vería sorprendido porque su venganza no iba a quedar frustrada.

Finalmente, aquel partido entre uruguayos e israelíes se disputó sin problemas: fueron superiores los suramericanos, venciendo 2-0 a los muchachos de Israel con goles de Ildo Maneiro y Mujica. Los israelíes no eran fuertes y terminaron sucumbiendo en aquella zona que también compartieron con Suecia e Italia. Nunca se había sentido tan cercana la posibilidad de que la guerra se incrustara dentro del fútbol.

Justamente para evitar esa clase de episodios fue que, por lógica pura, se dio aquel único receso en las disputas de la Copa del Mundo por cuenta de la Segunda Guerra Mundial. Pero aquella vez en Puebla todos se sintieron endebles. El miedo y la inseguridad se había instalado por cuenta de los conflictos mundiales por primera vez.

La venganza finalmente aparecería dos años después. Aquel comando que se había quedado frustrado por no volar en mil pedazos el estadio de Puebla imaginaría un escenario igual de escabrososo: en los Olímpicos de Múnich secuestró a la delegación de Israel que disputaba las justas. Al final 11 miembros del equipo israelí fallecieron.

Desde ahí la seguridad casi nunca ha fallado en torno a defender al deporte de los blancos terroristas. Salvo la explosión en plena maratón de Boston y aquel atentado en los Juegos Olímpicos de Atlanta en el 96 o la puñalada recibida por Mónica Seles en el ATP de Hamburgo de 1993 –además producto de un loco, de un acosador, es decir, un caso aislado–, casi siempre el triunfo ha sido el de la paz.

Pero igual los fantasmas se revivieron, primero con los ataques del terrorismo en el amistoso Francia-Alemania y después con las suspensiones de los encuentros Bélgica-España y Holanda-Alemania porque era inminente un ataque en esos duelos.

Nadie quiere revivir las escenas de Múnich 72, aunque el terror de hoy prometa, en medio de su locura, peores escenas que esa.

 

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