De urbes, poblados y nombres"

De urbes, poblados y nombres

Por Por Andrés Ospina

Digámoslo con pose patriótica: el ingenio colombiano va desde el perro caliente con crema chantilly ofrecido en los ochenta por innumerables expendios callejeros hasta la tan polémica vacuna contra la malaria, sin olvidar aquellas abominaciones estilo secuestro express o pescas milagrosas, que tanto renombre universal nos granjearon.

Tal virtud no se limita a terrenos científicos, delincuenciales o gastronómicos. A la hora de bautizar emplazamientos, urbes, poblaciones y villas, nuestros conquistadores y colonos no se abstuvieron de desplegar su brillantez con largueza.

De ahí que en el departamento de Atlántico exista, por ejemplo, Ponedera, lugar cuyo nombre se debe a que en cercanías de allí desovan tortugas, una imagen conmovedora estilo NatGeo que de hecho me evoca al gran José Joaquín Ximénez, quien de adolescente anduvo aventurando por allá. Está mi segunda patria chica, Calarcá, caso poco curioso, de no ser porque el aguerrido pijao que inspiró a don Segundo Henao, su padre, al llamarla así, no residía en el actual Quindío, sino en predios tolimenses, allende La Línea. Por tanto prefería lechona a trucha salentuna. Romanticismos imprecisos de los fundadores.

En dicha zona hubo iniciativas interesantes: Filandia no es, como muchos apresurados juzgan, una ligereza de los grecoquimbayas que la concibieron, por omisión involuntaria de la ‘n’ en ‘Finlandia’, sino un neologismo poético, resultante de amalgamar los vocablos ‘fila’ y ‘andia’, para así significar “hija de los Andes”.

Dentro de categoría similar conviene citar a Caicedonia (Valle), cuya sonoridad alberga similitudes con la antigua Calcedonia, hoy rótulo de firma vendedora de zapatos, aunque sus orígenes reales puedan remontarse a la tradicional proliferación de gentes con apellido Caicedo en la región. Dicen que Caicedos desposaban Caicedas, en una suerte de incesto y de endogamia, ambos consentidos y hasta celebrados, igual que los Cabal de Buga con sus primos de Popayán y demás consanguíneos. ¡Vaya uno a saber!

Resaltan aquellos municipios que han propiciado chistes fáciles. Caso tal es el de Mariquita (Tolima), el del Yotoco vallecaucano o el del puerto cartagenero de El Mamonal. Dichos asentamientos se han prestado para chistes ordinarísimos de corte felatorio o libidinoso, que sin el ánimo de entrometerme, respetuosamente aconsejo a quienes sigan las presentes líneas no repetir en fiestas, integraciones empresariales o paseos barriales. Para simpáticos: los chocoanos Lloró y Juradó, no sé si consecuencia de acentos cambiados o de provenir de vocablos afros semejantes a algunos hispánicos tipo Piojó (Atlántico). El Valle del Cauca, por su sugestiva parte, nos ofrece su Queremal, tributo a la temida flor del quereme: Cavendishia quereme.

¿Más? Gracias al tan antioqueño voseo hoy la nación ostenta su poblado de Abriaquí. El Caribe nos dio a Pijiño del Carmen y a Gallo Solo (Magdalena). Están Distracción (en La Guajira); Soplaviento (Bolívar); Los Borrachos (Sucre) y Rabo Largo (Córdoba), donde además existe un corregimiento ‘mentado’ ‘Bogotá’, cuya temperatura contrasta con la de esa ciudad de donde su denominación fue extraída; El Difícil (Magdalena) y Sapo Muerto (el Macondo del incomparable Burro Mocho, Noel Petro). Y ya que hablamos de asnos, aunque sin proponer especulaciones zoofílicas, cabe mencionar a El Burro (Cesar), también, fíjense ustedes, próximo al litoral. El espacio se nos extingue, pero no dudo que ustedes almacenen en sus registros otro digno de mención. ¿Se les ocurre alguno?

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