Exceso de confianza

Por Por Nicolás Samper C.

Va a costar mucho. El que suponga que hoy el asunto de enfrentar a Argentina va a ser un trámite de esos que se debe cumplir y ya, o que es difícil que haya tareas más sencillas que esa, tiene que revisar muy bien sus propios antecedentes porque hay una realidad: cada vez que Argentina llega colgada nos hace el daño.

No tengo idea del porqué, difícilmente mi cabeza pueda desentrañar ese extraño recuerdo, pero es así: los días en los que nuestras arcas son opulencia y tenemos que darle la estocada a ‘la albiceleste’, pasa algo y fallamos a la hora de matar.

En el 97, para no ir muy lejos: el recuerdo de esa Argentina era paupérrimo en la primera ronda de eliminatorias: había cedido puntos en casa, de visitante le costaba arañarlos y a Daniel Passarella le disparaban desde todos los ángulos porque con un equipazo –Verón, Batistuta, Crespo, López– no era capaz de plasmar en la cancha una idea futbolística medianamente decente. Hasta que apareció Barranquilla…

Fue la famosa tarde en la que Claudio López mandó a una óptica a Farid Mondragón. Fue la famosa tarde en la que la Colombia avasallante de Hernán Darío Gómez no apareció en ningún momento. Fue la tarde en la que nadie comprendió bien por qué Chicho Serna pateó un penal ante los argentinos –había otros que pateando eran más experimentados, caso Freddy Rincón–. La bola terminó afuera y tras ese sofoco, esa victoria le significó al visitante cambiar su rumbo errático. Justo a partir de ese instante Argentina encontró esa identidad perdida.

Y ni hablar de las pasadas eliminatorias en las que la cosa también pintaba mal para Sabella y sus muchachos: derrota con Venezuela y arranque dubitativo. Así llegaron a Barranquilla, envueltos en una crisis que se amainó porque por fin Messi supo deshacerse del permanente lío que para él significaba no rendir a plenitud con su selección. Ahí Argentina plantó cara y resolvió un rompecabezas que parecía ser más difícil. Le ayudaron mucho los errores de mando de Leonel Álvarez y lo hinchó anímicamente la famosa frase de Gustavo Bolívar, el volante encargado de Messi y que lo tildó de “jugador común y corriente”.

Hoy el panorama se asemeja a escenarios anteriores; otra vez Argentina aparece pasando aceite, en una situación más crítica que siempre y con el recuerdo que desde 1969 no sentían tan cerca la posibilidad de quedarse fuera de un Mundial. Llega colgada, así como no nos gusta. Llega herida, lista para sacar la casta de siempre. No los vencemos en Barranquilla desde 1993 –porque en el ciclo de Jorge Luis Pinto fue victoria 2-1, pero en Bogotá–.

Sería ideal que se pudiera romper hoy esa racha. Hay con qué.

 

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