Ninfa sin remedio

Mar Candela / Ideóloga Feminismo Artesanal

Andrés Reina

Foto:

Cuenta la historia   que una “Ninfa”    un día cometió el “delito” de confiar.

Una mujer pisando los cuarenta años de aquellas que siempre han tratado de vivir su vida sexual con absoluta conciencia y libre de todo tabú. Amante de la adrenalina y de las experiencias extremas     un día   cualquiera   habla con un “amigo” a quien conocía hace   años   e incluso era cercano a su familia.

Entre diálogos virtuales acordaron verse después de mucho tiempo   él la invito a su casa   y ella acepto:

Sabía que era posible un encuentro sexual ya que para una Ninfa siempre es posible y jamás es obligatorio.

Animada por los nervios, el gusto por el   sexo   y la curiosidad de saber que pasaría en ese encuentro después de tantos años,    decide aceptar la   invitación, lo encuentra pasado de copas. Inocentemente no lo vio tan ebrio como   realmente estaba. Siguió, compartieron y socializaron. De repente   decidieron ver películas   para adultos   e incluso   historias BDSM para   erotizarse y divertirse en confianza. Después de un rato    ella aceptó   su propuesta   de jugar un poco   a roles BDSM:

  Una vez amarrada y dominada. Sometida    justo como se suponía   sería divertido para los dos   él   no quiso escuchar cuando ella pidió que pararan el juego.   Acto seguido puso   un cuchillo en su cuello y mientras describía “deseos “y la tocaba amenazaba   con “sacarle los ojos”

Por suerte   la protagonista de esta historia tenía nociones remotas   de defensa propia y “su amigo” estaba muy ebrio;   así fue como ella pudo soltarse de manos y pies y le corto   en el cuello con el mismo cuchillo que le estaba atormentando.

Muerta del miedo salió de ese lugar. Impotente   ante las circunstancias dadas porque sabía que denunciar no era opción ya que dado los hechos nadie creería lo sucedido y a cambio sería sometida a escarnio público. Conocía todos sus derechos. Sabía perfectamente cómo funcionan las denuncias de violencia sexual en la Colombia que odia a las Ninfas aptas para no negar su naturaleza; como si se tratara de algún genocida   y considera que merecen todo tipo de sanción.

Ella cree firmemente que somos mujeres putamente libres. Que nadie debe sentirse con   derecho a juzgar las vidas de nosotras   desde su moralidad.

Ella   al colisionar su piel con la cruel e injusta   realidad de un mundo que quiere a las Ninfas reprimidas, escondidas en las habitaciones de lo innombrable y   ojala teniendo sexo sucio   y desmesurado   con “grandes señores de la patria”, “empresarios poderosos” o similares   asumiendo el rol   de “mujeres secretas”, de ”clandestinas”   de “pecadoras” , o asesinadas   antes que denunciando   a plena luz del día . Decidió callarse

Ella tenía claro que al denunciar seria re victimizada por la sociedad que considera que es inmoral querer follar libremente. Demás está decir que es inmoral sí y solo sí se trata de   una mujer. Tenía claro que   sería re victimizada por ser una “perdida” y que “el mundo entero” se sentiría con la autoridad de   exigirle   explicaciones sobre su proceder.

  Que sin importar cuanto   se repitiera así misma   una y otra vez l letanías de toda mujer libertaria:

“Tengo derecho al ejercicio de mi sexualidad libre sin que esto suponga abusos, violaciones o muerte”-“Tengo derecho a   vivir sin miedo”

Sus letanías   no la salvarían de la infernal realidad   social para una Ninfa fuera del closet. Fue absolutamente consiente que no vería     justicia y que al denunciar   cargaría la letra escarlata   p    en la frente la cual   la distinguiría entre todas las mujeres   como “Perdida” o “Puta” solo por decidir follar libremente.

Como si eso de ser una puta fuera un permiso legal    para violadores.

Y aunque toda su vida la pregunta que le carcomerá   los sesos es:

¿A cuántas mujeres o   niñas este fulano ha agredido?

Y el remordimiento la atormentara mientras viva    por haber   callado. Ella sabe que denunciar su caso en esta Colombia hubiera sido inútil. Su caso no sería tomado como violencia sexual sino como el caso de: “La mujer que dio papaya para que la violentaran”.

Ojala esto fuera un “cuento más”. Tristemente les informo que   se trata de   una de cientos de historias reales…

Años de resistencia   defendiendo “El derecho a ser yo” me han permitido conocer cientos de historias similares y a llegar a la conclusión que estemos solas en nuestra defensa y que las mujeres tenemos el deber y compromiso de aprender autocuidado   y no me refiero a las divertidas y relajantes rutinas de belleza.   sino al legítimo derecho a la defensa personal.

Por eso invito a toda mujer a buscar academias certificadas de defensa personal y velar por su seguridad.

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