Buenaños

Por Por Nicolás Samper C.

Arquerazo. Es bien extraño el estilo de un tipo que es un trabajador del fútbol de esos callados, que no hace tanto ruido y que por lo general le toca enfrentarse a la dura realidad de ser un arquero destinado a recibir más arponazos que el promedio, porque siempre ha atajado en clubes chicos, en los que la firmeza se pone a prueba a cada segundo.

Contra Atlético Nacional, el club Jaguares debió perder 8-0 o 9-0. Porque hay que decirlo. De los conjuntos que andan peleando descenso el más pobre es el club que juega en Montería. Diga que uno le ve alguna intención de jugar por el piso a Uniautónoma; diga que Cúcuta, a pesar de la desastrosa intención de su presidente, José Augusto Cadena, de hacer las cosas mal, muestra de vez en cuando algún argumento futbolístico como para tratar de aferrarse a una esperanza. A Chicó no vale la pena incluirlo porque es un club con chapa de profesional plagado de jugadores amateur. Pero lo de Jaguares da grima, de verdad. Es ver a 10 estatuas esperando la llegada de un huracán en su contra sin muchas intenciones de salir corriendo o de encarar los fuertes vientos en su contra. El único que se sale del molde es el gran Buenaños.

Claro que ha tenido culpa en varios goles que ha recibido, muchas veces por cuenta de su inveterada costumbre de dar muchos rebotes, pero es que ese es su estilo: a Buenaños le gusta volar, más que asegurar, y cómo no, eso trae consigo riesgos, pero también la oportunidad de lucirse más de una vez en una misma jugada. Le pasó en Medellín cuando detuvo tres remates consecutivos de delanteros de Nacional que ya parecían exasperados porque Buenaños no se quería dejar humillar de nuevo.

Recibió solamente un gol de Duque, a boca de jarro y sin posibilidades de hacer mucho por evitar la caída ante el fusilamiento. Y como sus compañeros, tristes y sin alma, deambulaban en el campo sin marcar, sin hacer presión, sin ejercer algún tipo de fuerza para aplacar el baile que les estaba dando Nacional, pues al pobre Buenaños le tocó hacer las veces de guionista, director, actor y productor general de esa película de 90 minutos. Simulaba lesiones inexistentes para que el cronómetro se agotara rápido, seguía volando, palmoteando la pelota sin retenerla, hablaba con el árbitro, se demoraba en sacar de arco, trataba a los gritos de despabilar a sus perdidos compañeros. Todo lo hizo pero no le alcanzó ni para irse con un punto en el bolsillo.

Eso sí, Buenaños, el mismo que cambió su apellido original –era Bolaños– y que siempre le ha tocado remar contra la corriente en instituciones futbolísticas envueltas en llamaradas de crisis, sacó 10 puntos en profesionalismo y compromiso con una causa que parece perdida: la de pensar que Jaguares, en el estado en el que está, sea capaz de sacar un punto de cualquier estadio, incluso del suyo propio.

 

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