Desgracias

Por Por Nicolás Samper C.

Nunca se sabrá qué es peor: si ser protagonista de una tragedia o el causante de ella. Porque siempre, antes de una desgracia –futbolera, me refiero– el universo conspira para que dos humanos que se encontraban lejanos, que seguramente jamás habían cruzado una palabra en sus vidas, terminen entrelazados en una trenza triste entre quien ofició como inesperado verdugo y aquel que soportó el papel de ser la inusual víctima.

Y el caso que siempre se me vendrá a la cabeza es el de David Ospina y Hugo Rodallega en plena Copa América 2011. Hugo va por una pelota y choca con el que era el portero titular e indiscutible. Ospina se queda quieto en el suelo tras soportar el duro golpe de su compañero y no puede seguir en el torneo. Fractura de tabique y ‘Neco’ Martínez como inicialista de emergencia. Son dos nombres que al juntarlos evocarán un instante muy desgraciado de nuestra vida futbolera.

Hubo unos que escogieron ese rol con toda la consciencia (¿o inconsciencia?). Querían sed de venganza y además que hubiera claridad absoluta en el asunto. Nada de dobles interpretaciones: ellos necesitaban ser los culpables de siempre. Roy Keane duró lesionado un buen tiempo por un choque ante un jugador llamado Alf Inge Haaland que, defendiendo la camiseta del Leeds y en un cruce fuerte, le rompió los ligamentos. Keane prometió, al volver a las canchas, que su primer objetivo sería romper al que lo había dejado fuera del circuito tanto tiempo y lo consiguió con éxito: le trituró la rodilla a Haaland. El noruego nunca más pudo volver a jugar fútbol.

Ni hablar de la noche que el destino quiso encontrar a Lucas Castro y Gabriel Airaudo. Uno andaba por Gimnasia de La Plata y el otro en Atlético Rafaela. Castro, delantero, buscaba marcar un gol que asegurara la presencia del ‘lobo’ platense en primera –andaban disputando la promoción con Rafaela–. Airaudo buscaba todo lo contrario: defender su valla como fuera posible. Y en un mano a mano chocaron sin mala intención, pero con el drama instalado desde ese instante. Airaudo empezó a botar sangre por la cara y los ojos. El golpe le había fracturado en siete partes la cara y le estalló el globo ocular. Fue su última tarde como futbolista.

Los ejemplos siguen: Leonardo acabando de un codazo a Tab Ramos en el 94. Schumacher contra Battiston en el 82; la violencia de Javi Navarro que hizo convulsionar a Juan Arango; Antonio ‘Gringo’ Palacios, que nunca se podrá olvidar de Willington Ortiz y Eusebio Jacinto Roldán y ellos tampoco de él; Cadavid y Tancredi…

Este fin de semana le tocó a Carlos Tévez. Era la figura de un partido muy raro contra Argentinos Juniors hasta que puso fuerte la pierna y se llevó por delante tibia y peroné de Facundo Ham.

De nuevo el fútbol se encargó de unir dos historias diferentísimas: la del crack que volvió a su país para triunfar y la del anodino, que termina a la vera del camino. Usualmente es al revés: el anodino rompe al crack y se inmortaliza infaustamente, pero así es el destino.

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