Ladrillo y sol

Por: Eduardo Arias @Ariasvilla Escritor y periodista

Por Eduardo Arias

Dicen los cachacos militantes que “la verdadera Bogotá” es aquella que se nubla, la que se impregna en esa nata gris y deprimente que cubre sus cerros y oscurece sus panoramas. Dicen ellos que “la verdadera Bogotá” es la de los aguaceros, las calles inundadas, los andenes intransitables a causa de los charcos, la ciudad que espanta a los ciclistas. La verdadera Bogotá es la de aquel viernes 9 de abril de 1948, la del Bogotazo.

No soy cachaco militante y además formo parte del contingente de quienes pensamos que no existe una “verdadera Bogotá”. Me encanta y reivindico la Bogotá de las tardes soleadas, y más cuando el cielo está limpio, de un azul intenso, sin una nube, y aún más si ese sol baña las fachadas de ladrillo y los cerros orientales de la ciudad.

El sol de la tarde, sobre todo el del final de la tarde, es un aliado mágico del ladrillo. Sin importar si la edificación en cuestión es una obra de arte, como las Torres del Parque, o no es más que uno de los innumerables edificios mediocres que se diseñan con un programa de computador y que se ven en todas partes.

El sol le saca al ladrillo a la vista un rojo anaranjadizo (perdonen la palabreja) muy difícil de describir y que muchas veces las cámaras de fotografía no logran captar. Es un rojo intenso que contrasta con el verde también intenso de los árboles
Cuando la ciudad está cubierta y vestida de gris, antes del atardecer, alguna que otra vez el sol logra filtrase entre la línea del horizonte y la nube, y genera en las fachadas de ladrillo y los cerros unos colores aún más brillantes e incendiarios, que parecen sacados de una película sobreexpuesta y saturada al máximo.

Es un fenónemo que, cuando se da, apenas dura unos pocos minutos, y por lo general viene acompañado de un arco iris.

Estas fotografías son de un par de cuadras del Bosque Medina, en la localidad de Usaquén, muy cercana a cerros sembrados de eucaliptos. Podrían haber sido tomadas en cualquiera de los muchísimos otros lugares de la ciudad donde el ladrillo a la vista nos repite insistentemente que la Bogotá soleada que tanto repudian los cachacos de gabardina también es verdadera. Muy verdadera.

*Las opiniones expresadas por el columnista no representan necesariamente las de PUBLIMETRO Colombia S.A.S.

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