Deme su cédula

Por: Adolfo Zableh Durán/ @azableh

Por Adolfo Zableh Durán

Con las elecciones de alcalde a la vuelta de la esquina, el tema de las cédulas está alborotado. Hace un par de meses se robaron unas de la Registraduría local de Chapinero. Una mañana cualquiera de julio, las personas se acercaron a reclamar la suya y la respuesta que recibieron fue que se las habían robado. Poco más les explicaron y a cambio les dieron un formulario para que hicieran la denuncia.

Luego, en agosto, la Misión de Observación Electoral detectó algo raro en la inscripción de cédulas en Bogotá: mientras en La Candelaria, Los Mártires y Teusaquillo se dobló la tasa promedio de inscripciones, en Corferias, mayor centro electoral del país, bajó sospechosamente. El hecho es que por los síntomas, por cumplir con su deber, buscando gente con líos con la justicia o por ganas de fregar, en diferentes partes de la ciudad se está repitiendo la imagen de la foto: un grupo de policías pidiéndoles la cédula a los transeúntes.

Normal en Colombia es que lo pare un retén a pedirle los papeles de carro, pero ir a pie y que pidan papeles es de lo más raro. A un amigo le había pasado semanas atrás y no le creí. Pero fue pasar por la 15 con 85, rumbo al trabajo, para comprobar que era cierto. Ahí estaban, un puñado de agentes con una pequeña máquina que parecía un celular viejo, pidiendo la cédula al que encontraran mal parado.

A mí me tocó la lotería una tarde cualquiera. Y fue una lotería al revés, porque en un país con tanto delincuente suelto, donde se pueden cometer múltiples fechorías y aun así andar tranquilo,  caer en un cateo sorpresa es ser muy de malas. Algo así como ser pobre en Noruega. Y aunque yo no tengo líos con la justicia, sentí miedo. Soy de esos inseguros que, aunque se porten como un santo, sienten que hicieron algo malo y que en cualquier momento los van a coger. Así que, cuando el agente me pidió la cédula, me puse a pensar si de golpe había robado un banco o atropellado a alguien sin darme cuenta y me puse a sudar frío.

Eso fue la primera vez. La segunda vez, a la mañana siguiente, me dio fue risa y le dije al agente que el día anterior me la habían pedido. La tercera vez, un par de días más tarde, no me dio ni miedo de risa, me dio fue rabia, porque no puede ser que la gente mala siga libre por ahí, sin ni siquiera un susto, y que la inocente tenga que rendir cuentas tres veces por el mismo asunto.

Ignoro si los policías sigan ahí, lo único que sé es que me tocó cambiar de ruta. Para evitar sobresaltos, ya no paso por la esquina de la 15 con 85, ahora me bajo hasta la 17 por la 82 . Una lástima, con lo que me gustan los brownies que venden en esa esquina

*Las opiniones expresadas por el columnista no representan necesariamente las de PUBLIMETRO Colombia S.A.

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