Nostalgia de buseta

Por: Andrés Ospina. Escritor y realizador de radio/ @elblogotazo

Por ANDRÉS OSPINA

Me desconozco diciéndolo, pero he terminado por experimentar nostalgia anticipada hacia aquellas cosas que desaparecerán –si la fecha llega– cuando en Bogotá desfile el último autobús convencional y nuestro universo ‘busetero’ se reduzca a TransMilenios, ‘Sitps’ y demás alternativas oficiales.

Lo digo yo, que endilgo a dichos sistemas tradicionales culpas por aquella mueca amarga que por alguna razón los bogotanos pareciéramos traer tatuada, de fábrica, en el semblante, además de considerarlos teatros de inhumanidades y abominaciones estéticas.

Exámenes más objetivos me enfrentan a un panorama de desarraigos. Dudo que las generaciones venideras lleguen a entender lo que para nosotros representaron los dietéticos, lecheros, cebolleros, ejecutivos, intermedios, superejecutivos y sus derivados. El dolor arrecia al escarbar recuerdos.

Gracias a estos el refranero popular colombiano se vio enriquecido con consignas de pegatina, en breve condenadas a la trastienda del olvido: “Si sigue timbrando, lo sigo llevando”. “Si su hijo sufre y llora… es por un chofer, ¡señora!”. “Si el hijo es del chofer… no paga”. También de curiosas dinámicas conversacionales entre pasajero y conductor: “¿Me va a llevar hasta su casa, o hasta la de su madre?”, clamor contrarrestado con un recíproco: “¡Yo a mi casa no invito… (inserte el insulto de su predilección)!”. Eso sin mencionar los cánticos que inspiraron, entre cuyos cultores se cuentan firmas tan heterogéneas como Los Amerindios, Banda Nueva o Distrito.

Dadas las nuevas normatividades, en las que se prohíbe entablar diálogos con el chofer, expresiones como “hágame el favor y deme sencillito” o “me colaboran ‘corriéndosen’ para atrás, que allá hay campito” entrarán en irrefrenable desuso.

El ‘busetismo’ propició transacciones altruistas tipo… “Señor… ¿nos sube a las tres por 1000?”. Y para mejorar habilidades gimnásticas en cultores del salto de registradora, con complicidad del hombre al mando. Incluso desmintió acusaciones de deshonestidad imputadas a los habitantes de esta meseta. Si lo dudan, rememoren cuando uno enviaba un manojo de monedas con el monto del pasaje hasta el señor transportador y este llegaba intacto a su arcas.

El nuevo escenario convertirá a la estética de buseta –deleite de hipsters, estudiantes de diseño, antropólogos y demás observadores o comercializadores urbanos de culturas e inculturas populares e impopulares– en pieza museográfica. Se acabarán las tablas frontales, antaño encargadas de anunciar trayectos que ya no serán… Chicó-Miranda. Class-Roma. Serafina. Borrarán los avisos de ‘Firts (sic) Class’. Desaparecerán las consolas simétricas, los altares y los adhesivos cromados de Bart Simpson con improperios consignados sobre su humanidad descubierta. Y las sillas con lámina metálica de BlueBird verde hospital, convertidas en muro de lamentaciones, donde una pareja de espontáneos viajeros inmortalizó su idilio rayando el acabado con un diciente ‘Luz Dary y Yeison’ enmarcado en un corazón asimétrico.

Eliminarán las falsas ventanas de expulsión. Se extinguirán aquellos escarabajos coleópteros de colores tornasolados, embalsamados sobre perillas de cambios. Desaparecerá el asiento reservado para parientes del comandante o viajeras agraciadas, justo al lado de este. Los estampadores de paisajes tropicales e ilustraciones manga en vidrios traseros quedarán cesantes. Algo similar acontecerá con calibradores de ruta y otros ayudantes, tan bien retratados en su momento por Romeo y Buseta. Así los asuntos –casi sin espacio y entre tantas nostalgias– puedo desde ya prometerlo: si algún día han de irse, busetas y buses… bien sabremos extrañarlos. ¡O eso esperamos!

*Las opiniones expresadas por el columnista no representan necesariamente las de PUBLIMETRO Colombia S.A.S.

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