Acumuladores

Por Por Nicolás Samper C.

Las venas de la frente parecía que se le iban a explotar cuando agarró la caja y la alzó. Ojos saltados a lo María Isabel Urrutia en su jornada pletórica en Sídney y respiración contenida. Caminó con ese pasito corto pero veloz que el cuerpo reconoce instintivamente al llevar una carga pesada en las manos y llevó el cajón hasta el camión. Al volver tuve que comunicarle la mala noticia: faltaban varias cajas de las mismas características.

Don Luis, el hombre que con su tropa ayudó a mi trasteo, me preguntó que qué era eso tan pesado que estaba entre las cajas. Porque al sacar la lavadora lo hicieron fácil, sin una sola gota de sudor, como si fueran malabaristas de circo. Lo mismo pasó con la nevera y el televisor. Ni hablar del sofá: tan sencillo les resultó. Se lo pasaron entre sus manos como si fueran los Globetrotters de Harlem.

Pero los libros son el peor pedazo de una mudanza. No hay que hacer cajas muy grandes, porque no las levanta ni Hulk Hogan dopado, pero tampoco tan pequeñas porque se hace demorado y dispendioso. Y con cajitas pequeñas el proceso podrá eternizarse, así que en ese caso es mejor no cambiar de domicilio sino quedarse para siempre donde se está viviendo. Fueron ocho cajas y un clóset que no pudieron sacar y que yo, más tarde, me traje de a puchitos, con los libros regados entre el carro tapando la visión del vidrio trasero. Y yo veía al buen Luis, caminando lento como defensor de Millonarios ante contragolpes de los rivales, sin entender yo por qué había decidido hacer una fortaleza de papel infranqueable y que él estaba cargando. Al final le dijo a mi esposa: “Al señor le gusta leer ¿no?”.

Mi condena es esa: estar aprisionado por cuenta de lo que me gusta. Abrir las cajas y ver que está Dante Panzeri listo para ser leído, o que de nuevo puedo revisar la formación del Cúcuta modelo 85 gracias a las revistas Cronómetro que conseguí en una extraña jugada de la fortuna –un hombre las estaba vendiendo porque se le iban a pudrir en un garaje y yo fui al rescate– encontrarse a Andrew Jennings para recordar el asco que puede dar la FIFA, o los cuentos de Luciano Wernicke, o la realidad maravillosa de Nick Hornby detrás del Arsenal o las afirmaciones de David Yallop en torno a saber cómo se robaron la copa o la prosa elegante de Andrés Salcedo para hablar del día que el fútbol murió. Libros de historias de clubes: desde el Manchester United, hasta Unión Española… mucha vaina.

Ver tanta acumulación de libros me hizo pensar en la muerte. Difícil saber qué pasará con eso que hoy uno atesora el día que uno no esté más por acá. Lo más seguro es que todo ese esfuerzo de coleccionar y comprar rarezas servirá después para envolver vajillas o para que los excrementos de los loros no ensucien el patio.

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