Hecho en Colombia

Por: Mauricio Barrantes / @Mauriciobch

Por Mauricio Barrantes @Mauriciobch

–¿De dónde es ese café?, no importa, ¡es Starbucks! –¿Qué Ramo trae el chocolate para untar de Canadá?, ¿cómo así?, indignémonos en las redes sociales mientras me tomo otra Coca-Cola. –No, espera, yo no quiero ver esa película, es colombiana, eso debe ser de narcos y violencia, más bien, ¿ya lanzaron la nueva entrega de Rápido y furioso?

Cuando juega la Selección somos una sola camiseta y ¡ay qué orgulloso me siento de haber nacido en mi pueblo! Pero si en el Icfes preguntan ¿qué director de cine colombiano conoce? Puede que a la cabeza venga más el apellido Spielberg que el de Acevedo (La tierra y la sombra), y eso que este mismo año fue quien ganó la Cámara de Oro en el Festival de Cannes.

Bueno, y usted dirá, ¿eso qué? Vale ‘huevo’, finalmente todo el cine colombiano es malo, y si acaso me veo las candidatas a los premios Óscar, allá si va la crema y nata del séptimo arte a desfilar en la ‘red carpet’. ¿Qué importa que el único discurso que reciba sea el de Hollywood? ¿Qué importa que la guerra me parezca divertida porque así me lo mostraron esas películas en las que dar bala era una ‘chimba’, y salí trastocado con tantos efectos? ¿Qué importa?

Como a mí no me importa, tampoco a los políticos. Estamos a nada de otras elecciones y las propuestas para fortalecer las industrias culturales son nulas, porque eso no vende y como lo que necesitamos son votos, hay que prometer tapar huecos, bajarle el precio a la gasolina, acabar con los trancones y traernos algún día el Mundial de Fútbol. ¡Gracias, patria bonita, que viva my president!  

El punto es que no solo se trata de entretenimiento y de mercado, el cine involucra identidad, pese a tener una faceta comercial. El cine es reflejo de lo que somos y por eso el espectador debe ser educado para poder incorporar dentro de su gusto distintas visiones del mundo, que incluyen, claro, los puntos de vista que tienen los estadounidenses, pero también los franceses, los japoneses, los brasileños y, en mayor medida, nosotros mismos como colombianos.

Nuestros enemigos no son solo los extraterrestres y los zombis, ojalá, sería mejor que tener a los políticos corruptos, los guerrilleros o los paramilitares. Pero tampoco nuestros héroes son James Bond, Linterna Verde o Supermán. No, aquí los buenos son desde los soldados del Ejército, hasta ‘Nairoman’, pasando por cada uno de los colombianos cercanos a usted y a mí, que tienen historias sencillas y a la vez fascinantes, dignas de ser contadas en el discurso audiovisual para ayudar a construir el relato de lo que somos.

Santos anunció que en 2016 el recorte iba a ser en casi todos los sectores, entre ellos cultura. Ojalá el apretón en presupuesto no mine lo que se ha ganado con la Ley de Cine y evite que se siga avanzando en el camino de lograr más apoyo en todos los eslabones de la cadena productiva de una película, como la distribución y la exhibición, y en donde se debe prestar especial atención a la formación de espectadores críticos y conscientes de su cinematografía. Así, algún día, igual que con Ramo o con el café nacional, se pegará el grito en el cielo por el exceso de filmes traídos de afuera.

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*Las opiniones expresadas por el columnista no representan necesariamente las de PUBLIMETRO Colombia S.A.S.

 

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