Falsos bilingüismos

Por ANDRÉS OSPINA

¡Cómo anhelo aquel país monolingüe de otrora! El que decía ‘Paper Mate’ –así como se lee, y no ‘Peiper Meit’–. Ese a quien le costaba solicitar un Head & Shoulders, discapacidad que condujo a los anunciadores del anticaspa a sugerirnos pedirlo “como H y S”. El mismo que ni de peligro pronunciaba ‘Wrigley’s Doublemint’ y cuyas loncheras albergaban Chitos: no Cheetos.

Espero no me malentiendan. Torpe sería desconocer la trascendencia de un segundo, tercer o cuarto idioma en una nación con intenciones de cosmopolitismo. No obstante… me explico:

Durante mis primeros años, el colombiano era un territorio insular y provinciano. Quizás hoy lo sea un tanto menos, cosa que –de ser así– celebro. Pero a cambio pareciéramos haber ganado mucho de pretenciosos y poco de bilingües. Lo reitero: por intrascendente que suene, era más honroso hablar de ‘volantes’, ‘recibos’ y ‘calcomanías’, en lugar de los extranjeristas flyers, vouchers y stickers de hogaño. Mejor cuando nos quejábamos de ‘acosos’ y ‘montadas’, que del posmoderno bullying.

Y perdóneseme el mamertismo idiomático. Pero en ciertos connacionales se ha ido fortaleciendo la absurda preconcepción de considerar más apetecible un pandeyuca convencional expendido en una bakery que en una tradicional bizcochería; una frívola snowbiz shaved ice que un vallecaucanísimo ‘raspado’ o ‘cholado’; un corte en un hair saloon o beauty shop que en una peluquería antañona; o una sesión de entrenamiento en un hispanohablante gimnasio que en un angloparlante gym. Inmensa culpa le compete al gremio constructor, obsesionado con buildings, offices, lofts y con sustituir la ‘C’ o la ‘Q’ por la ‘K’, entre otros embelecos lobamente presumidos.

Las nostalgias me remontan a cuando algunos pioneros ingresaban al Winston Salem o al Instituto Meyer para asimilar el entonces impenetrable lenguaje de Shakespeare. Radio Tequendama anunciaba sus éxitos traducidos, razón que aún hoy lleva a quienes superan cierta edad a referirse a viejos clásicos setentero-ochenteros con adaptaciones tipo: ¿Crees que soy sexy? u Otro que muerde el polvo.

Los doblajes televisivos –costumbre cuya gradual desaparición es algo que sí celebro, con excepción de animados estilo Los Simpson o Los Picapiedra– incurrían en exabruptos serios. De ahí que a ‘Face’ –galán de Los Magníficos (The A Team, para los puristas)– lo rebautizáramos ‘Faz’. O que nos permitiéramos la concesión de decirle ‘Mac Guiver’ –así, tal cual se ve– a aquel a quien el apego fonético a la fuente original nos forzaría a llamar ‘Mac Gaiver’.

Crecimos denominando ‘Hombre Araña’ a ‘Spiderman’ y –que yo supiera– aún no se había inoculado en nosotros expresiones odiosas del mundo publicitario tipo focus group, target o branding, además de muchas otras arrogancias que denotan acomplejamientos y neocolonialismos bastante ridículos. Paradójico que todavía para la mayorías Levis sea ‘Levis’ y no ‘Liváis’, y Nike ‘Naik’, en vez del correcto ‘Naiki’.

Termino esta reflexión con una contraparte molesta, y es el tan ramplón empeño de la RAE –ente ibérico de espíritu retardatario– por latinizar cuanto extranjerismo llegue a sus manos. De ahí que recomienden la ordinariez de escribir ‘güisqui’, ‘cruasán’, ‘esmóquin’ o –todavía peor– ‘cederrón’ por ‘CD ROM’. Me queda la sensación lamentable –y de nuevo les ruego ser indulgentes con mi mamertada– de que vamos por ahí, renunciando a nuestras palabras… una de las pocas dignidades inalienables que aún podríamos preservar.

*Las opiniones expresadas por el columnista no representan necesariamente las de PUBLIMETRO Colombia S.A.S.

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